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El falso marzo de febrero

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28.02.2026

Buen tiempo. Terraza / Pexels

Ha llovido. Mucho. Días seguidos mirando al cielo gris, al Duero crecido, a los paraguas ya resignados en la entrada de casa. Y de pronto, casi sin avisar, amanece limpio. Azul rotundo. Diecisiete grados en febrero. Chaqueta abierta. Y esa frase inevitable en la calle de "esto ya parece primavera".

Pero no. Y sí. Y depende. Febrero tiene esa costumbre de jugar a despistarnos. No es un mes estable; es un equilibrista. Venimos de semanas dominadas por borrascas atlánticas, esas fábricas de nubes que se alimentan del contraste térmico entre masas de aire y que nos han ido enviando frentes uno detrás de otro. Lluvia persistente, suelos saturados, humedad que se cuela en los muros. La atmósfera, cuando se organiza así, puede ser obstinada.

Y de repente cambia el dibujo. Basta con que el anticiclón gane terreno, una zona de altas presiones donde el aire desciende lentamente, para que el cielo se despeje. El aire al bajar se comprime, se calienta ligeramente y dificulta la formación de nubes. El resultado es sol. Mucho sol. Y cuando el sol luce después de tantos días grises, lo sentimos casi como una recompensa personal. Aunque la física sea la de siempre.

Hay algo más interesante aún. En febrero los días ya han crecido de manera apreciable desde el solsticio de diciembre. Hemos ganado más de una hora de luz. No lo celebramos con campanadas, pero el sistema Tierra-Sol no se detiene. El ángulo de incidencia de la radiación solar es ahora menos oblicuo que en pleno invierno. La energía llega más directa, se reparte en menos superficie, calienta con mayor eficacia durante el día.

Y, sin embargo, el suelo aún arrastra memoria térmica. La tierra no se calienta ni se enfría de golpe. Tiene inercia térmica. Después de semanas frías y húmedas, el subsuelo conserva parte de ese frío acumulado. Por eso las noches siguen siendo frescas aunque el mediodía invite a sentarse en una terraza. Por eso febrero puede regalar tardes templadas y mañanas que obligan a buscar la bufanda. No es contradicción; es física.

Me acordaba estos días del refrán tan castellano "cuando marzo mayea, mayo marcea". Siempre me ha hecho gracia esa intuición popular de que las estaciones no obedecen al calendario con disciplina militar. Pero estamos en febrero, y ya parece que marzo se ha adelantado sin pedir permiso. ¿Anomalía? ¿Capricho? ¿Cambio climático?

Conviene distinguir. Un episodio cálido puntual es meteorología. El clima es la estadística de muchos años. Que hoy tengamos 17 grados no invalida que el invierno, en promedio, siga existiendo. Ahora bien, también es cierto que los inviernos en la meseta han ido suavizándose en las últimas décadas. Las heladas intensas son menos frecuentes que antaño. Las series históricas lo muestran. No todo es percepción.

Y la percepción, por cierto, juega su propio papel. Después de diez días de lluvia, el sol no calienta más objetivamente… pero lo sentimos el doble. Nuestro cerebro responde al contraste. La luz tras la monotonía gris activa algo casi emocional. Nos cambia el humor. Nos empuja a salir. A comentar en la panadería que "da gusto así". La meteorología también es psicología.

Además, cuando el suelo está empapado y de pronto llega el anticiclón, ocurre otra pequeña paradoja. La evaporación aumenta en las horas centrales. Parte de esa humedad acumulada regresa al aire. Si las noches son calmadas, puede favorecer nieblas matinales. El paisaje respira. Literalmente. Así que no, no estamos en primavera. Pero tampoco estamos en el corazón del invierno.

Estamos en ese territorio intermedio donde la atmósfera ensaya. Donde el chorro polar ondula, las masas de aire se alternan y la Península queda a veces bajo influencia atlántica y otras bajo dominio anticiclónico. Transición. Esa es la palabra. Aunque no suene tan poética.

Quizá lo sugerente es esa imprevisibilidad moderada. Ese recordatorio de que el tiempo no es una línea recta que avance con obediencia de calendario. Febrero puede sorprendernos. Mojarnos durante días. Y luego regalarnos un domingo luminoso que nos hace dudar del mes en que estamos. El cielo no entiende de refranes. Pero los refranes entendían bastante bien el cielo.

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