Navidad en los pueblos zamoranos: recuerdos que piden presencia
Cordera de Palacios del Pan / José Luis Fernández / LZA
Hubo un tiempo —no tan lejano como a veces se pretende— en el que la Navidad en los pueblos de Zamora no se anunciaba con campañas publicitarias ni con luces encendidas cuando aún no había terminado noviembre. La Navidad llegaba cuando tenía que llegar. Se notaba en el aire, en el frío seco que endurecía las manos, en el humo saliendo de las chimeneas y en ese silencio particular del invierno rural que no es vacío, sino recogimiento. Era una Navidad austera, sobria y profundamente humana, construida sobre la presencia y no sobre el artificio.
La Navidad rural no era un espectáculo ni un producto, era una prolongación natural del año agrícola y del ciclo vital de las personas. El campo no entendía de festivos oficiales, pero sí de ritmos, de tiempos y de sentido. No se "ponía la Navidad" por adelantado. Las luces eran escasas, discretas y se encendían en fechas muy concretas. Los productos típicos —el turrón, los mantecados, el mazapán, las peladillas, el cava y la sidra— no invadían las tiendas durante semanas. Llegaban unos días antes, cuando tocaba, y por eso sabían distinto. La espera también formaba parte de la celebración.
Las casas se llenaban porque quienes se habían marchado regresaban. Y regresaban de verdad, no por compromiso ni por inercia, sino con la voluntad sincera de estar, de compartir tiempo y presencia. El pueblo seguía siendo ese lugar donde uno era alguien sin necesidad de justificarse ni de dar explicaciones, donde la identidad no se discutía, no se negociaba ni se convertía en escaparate. No había Papá Noel ni artificios importados, había Reyes Magos que no siempre se acordaban de que en las casas alguien había dejado unos zapatos vacíos, pero llenos de........

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