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Arenga

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07.04.2026

Si leemos los Evangelios de la Pasión vemos que el comienzo del relato del último tramo de la vida de Jesús no da que pensar el final trágico en que acaba. Todo comienza con una cena de amigos que se juntan para celebrar la Pascua sin presentir que va a ser la última. La mayoría de las representaciones de la Cena son de caracter apacible y en muy pocas se adivina el trágico acontecimiento que se gesta puertas afuera del cenáculo. De entre todos los artistas, vemos que Leonardo da Vinci se detiene como ninguno en pintar el gesto agitado de sorpresa y conmoción al anunciar el Señor que alguien próximo y amigo le va a traicionar. De todos modos, según la época y el pintor, las representaciones de la Última Cena se escenifican centrándose en alguno de los momentos de esa tarde-noche del Jueves Santo, ya sea el lavatorio de los pies, la comunión del Pan o el discurso eucarístico. También según época y modas artísticas el cenáculo muestra una estancia muy distinta entre los artistas que la dibujan. La del pintor Tintoretto, en el Prado, es tan espectacular que cuesta imaginar un espacio parecido en Galilea pero se supone que el pintor compone a lo grande los espacios para destacar el detalle de "siervo", del Señor poniéndose a lavar los pies a los discípulos. Un contraste más que intencionado para decirnos que la grandeza es de gestos y actitudes no tanto la de escenarios espectaculares como los de la Venecia de Tintoretto. Pero la puesta en escena siempre es algo que nos gusta organizar. La Semana Santa procesional no tiene mucho parecido con el camino histórico del Calvario, o mejor, nuestras calles son caminos reinventados que van a dar al Gólgota de la Verdad. "Allí está el punto que no puede ser deshecho, el nudo que no puede ser desatado. El patrimonio común, el mojón interior que no puede ser abarcado". (Paul Claudel).

Para el Cristianismo los lugares sagrados se reproducen en las iglesias y en Navidad se multiplican las grutas de Belén. Una cultura plástica y devocional perdura en la Semana Santa. Pero la Cruz simplifica todo. Es el signo de la Pasión que se ha impuesto en todos los ritos, tanto tristes como festivos. Momentos antes de que el signo del sufrimiento sostuviese clavado al Señor éste hablaba con los amigos en la Cena, de amor y servicio, de entrega, perdón… y todo lo que significa la virtud por antonomasia. Una arenga en toda regla para simplificar la predicación anterior y dejar su testamento verbalmente, con pocos, mas suficientes oyentes y testigos. Momentos antes de morir daba ejemplo de que no hablaba en vano y perdonaba a sus verdugos. La cruz terminó con su vida terrenal y en ella podemos leer lo que no está escrito pero estuvo vivo, y lo sigue estando. Cruz: libro abierto, árbol florecido.

La realidad es que hoy el dolor y las cruces siguen multiplicándose como si el mundo no tuviera a diario bastantes.

En estos días en que la primavera arranca con ruido de guerra y color de sangre, leo y releo la Pasión del Señor y leo también poesía para ir a contracorriente del thriller mundial desencadenado. Un poeta sin galones ni medallas, sin uniforme de guerra, Ramón de Garciasol, escribió su particular arenga que me apropio para esta Semana Santa en la que florecen por el mundo tantas espinas:

"Rosas, creced, pujad, multiplicaos / hasta invadir las cajas de caudales/ hasta impedir las ametralladoras/ hasta sembrar la pólvora y el hierro / de luz y primavera / hasta ocupar el odio y las entrañas / de obuses, balas, bombas y morteros./

¡Creced rosas, creced! ¡Pujad sin tregua!".

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