La izquierda, entre la esperanza extremeña y el suicidio aragonés
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / Alberto Ortega - Europa Press
No parecía Sánchez en absoluto preocupado cuando el pasado 15 de diciembre compareció ante los medios para hacer balance del curso político que finalizaba. A pesar de que acababan de estallar una serie de casos de corrupción y de acoso sexual encubiertos por la dirección del partido. Por si fuera poco, Yolanda Díaz había lanzado, tres días antes, una dura advertencia al PSOE en el sentido de que no se podía seguir así, exigiendo una completa remodelación del Ejecutivo y un cambio en su rumbo. La tranquilidad del presidente, que parecía incluso andar de sobrado, se debe a su desconocimiento de la calle; pero, a la vez, a que tiene calados a unos socios cuyas ambiciones políticas quedan colmadas permaneciendo en sus asientos de la Moncloa.
Cuando cantaba las alabanzas de su propia gestión, evidencia su incapacidad para leer el malestar social. Se vanagloriaba de las subidas del salario mínimo, de las pensiones y del sueldo de los funcionarios. Pero se le olvidaba que los precios de la cesta de la compra han corrido mucho más. Y no ve a una juventud que, instalada en la precariedad, pierde la esperanza de tener algún día trabajo digno y vivienda........
