Los que no pudieron enterrar
A Federico lo llevaron de madrugada hacia los montes de Granada. Tenía treinta y ocho años: todavía se imagina más futuro que pasado. Iba con el maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Nosotros conocemos el final. Ellos aún conservaban esa superstición de los condenados: que quizá ocurriera algo. No ocurrió.
Hubo disparos. Después tierra. Y después algo más difícil de cubrir: una ausencia que lleva noventa años creciendo.
De Lorca no tenemos los huesos. Tenemos aquello que los huesos no podían contener: cartas, dibujos, el piano, Nueva York, Bernarda Alba, los cuchillos, aquella luna que terminó perteneciendo a cualquiera que hubiese leído tres versos suyos.
El cuerpo cabía en una fosa. Federico no.
Conviene decir asesinos. Conviene decir que fueron los sublevados quienes lo mataron en la Granada de 1936. No por ajustar cuentas con el pasado, sino porque hay........
