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Candidatos con zapatos nuevos

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Sesión en el Parlamento andaluz. / e.p.

Son días de presentaciones de candidatos. «Hoy no hace falta que lleves ninguna idea, solo que combines bien el pantalón con la americana», puede decirle una esposa al candidato a parlamentario que se demora en el baño antes de ir a hacerse la foto oficial con el resto de compañeros de candidatura. Esos pelos en las orejas...

Hay quien va el tres y le parece poco y a quien el seis le sabe a gloria. El número en el que va en la lista se exhibe mentalmente o como un dorsal a la espalda. Los elegidos para candidatos viven días de vino y flashes, de actos con el líder o la lideresa, de viajes y sesiones fotográficas. Hay que entrenar la sonrisa y bromear con el fotógrafo, colarse cerca del jefe y tratar de fotografiarse con él. Hay que parecer bien avenido aunque haya miembros de tu misma candidatura a los que sacarías el corazón para comértelo crudo en una tostada con manteca colorá. La política es reprimir el odio. O expresarlo civilizadamente como desacuerdo o controversia. Algunos ya miran alquileres en Sevilla o planean ir y venir o desempolvan el teléfono de un conocido con apartamento en Los Remedios o Triana. El kilometraje es un arma cargada de futuro y hay quien tiene pesadillas ya con que lo adscriban a una comisión difícil. Peor es que no te metan en ninguna: se cobra menos. El primerizo estudia las tabernas de Sevilla donde desfogar después de un pleno sobre Sanidad y el veterano que ya lleva años en el Parlamento lo instruye sobre cómo pedir los cafés en el bar de la Cámara o sobre el hecho cierto de que en Sevilla a los churros los llaman «calentitos».

«El Parlamento es un sitio donde un hombre se pone a hablar y no dice nada. Nadie le escucha… y después todo el mundo está en desacuerdo», nos tiene dicho Boris Marshalov, actor ruso que quizás observó la vida parlamentaria como un teatrillo. El parlamentario tímido ve el atril con temor y sudores y el locuaz intenta hacer ver al mundo, aún con cincuenta tacos ya, que es Castelar o Cicerón revivido. Para unos ese atril es un potro de tortura y para otros un satisfayer. Queda mucha campaña. Pero como todos han ido a la peluquería, nadie puede decir «y yo con estos pelos».


© La Opinión de Málaga