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Mario, Jorge, José, Nacho y Odorico: la vocación de cuatro jóvenes menores de 30 años que se están formando para curas en Oviedo

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07.04.2026

Mario, Jorge, José, Nacho y Odorico: la vocación de cuatro jóvenes menores de 30 años que se están formando para curas en Oviedo

"Todo es un proceso de maduración; hay altos y bajos, pero al final uno va entendiendo hacia dónde le lleva el camino", afirman

Por la izquierda, Nacho Baruque, Odorico Castilblanco, José Antonio Bande, Jorge Calandra y Mario Yepez, en el jardín recientemente inaugurado del Seminario Metropolitano de Oviedo. / Guillermo García

Paradójicamente, en un mundo donde la religión ha perdido peso en lo cotidiano y el contexto social está marcado por la secularización, los seminarios comienzan a registrar un incremento del número de jóvenes que deciden iniciar el camino hacia el sacerdocio. "Podemos hablar de un ligero repunte vocacional", resume el rector del Seminario Metropolitano de Oviedo, José Antonio Bande. Un crecimiento moderado, sin grandes oleadas, pero que se sostiene en el tiempo y trae consigo generaciones que "dan el paso hacia la Iglesia con una gran honestidad". Detrás de ese repunte hay historias diversas, decisiones maduradas durante años y una constante que se repite: la búsqueda de sentido a la vida.

El seminario ovetense es buen reflejo de esa nueva realidad. Actualmente, acoge a 17 seminaristas, una cifra que podría aumentar en el próximo curso, casi un tercio, con la incorporación de nuevos alumnos. Pero, más allá del número, lo que destaca es la pluralidad de trayectorias y procedencias. "Tenemos seminaristas de Asturias, de Santander y también de América Latina. Esa diversidad enriquece mucho la forma de vivir la vocación", explica Bande, celebrando la diversidad que se vive hoy en día en los centros.

El venezolano Mario Yepes, uno de los más veteranos del seminario, lleva años formando parte del grupo. Su historia no responde al perfil tradicional; está marcada por el desplazamiento y la búsqueda personal. "Lo mío ha sido una peregrinación", resume, al explicar un proceso que comenzó en su país de origen y que terminó tomando forma en Oviedo. Estudió Periodismo y vivió durante años sin dar el paso definitivo, aunque la inquietud ya estaba presente. "Todo es un proceso de maduración; hay altos y bajos, pero al final uno va entendiendo hacia dónde le lleva el camino".

En su caso, vivir la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá cambió su perspectiva y actuó como detonante de una decisión que llevaba tiempo gestándose. "Me impresionó ver a tantos jóvenes de rodillas de todas partes del mundo; ahí sentí que yo tenía que ser parte de eso", recuerda. Desde entonces, interpreta su camino como respuesta a una llamada interior que no se puede explicar solo en términos racionales. "Tiene que haber un toque de Dios, algo que te mueva por dentro para responder".

Los alumnos del Seminario jugando al futbolín / Guillermo García

Su experiencia también aporta una mirada distinta sobre la vivencia religiosa. Procedente de un contexto donde la fe tiene una presencia más visible, reconoce que el contraste con España le llamó poderosamente la atención. "En Latinoamérica todo es más expresivo, más festivo; aquí es diferente. No obstante, creo que ambas formas se pueden complementar", señala, convencido de que esa mezcla cultural forma parte de la riqueza actual del seminario.

Una percepción similar comparte Odorico Castilblanco, de 25 años y natural de Nicaragua. En su país, la religión sigue formando parte del paisaje social. "Allí la presencia de Dios está en el ambiente; no es algo extraño ver jóvenes implicados en la Iglesia", cuenta. Su vocación comenzó también en la adolescencia, aunque decidió posponerla para estudiar Agronomía. "Pensaba que se me iba a pasar, pero fue al contrario: cada vez era más fuerte".

Su llegada a España le permitió reforzar su convicción. "Me impactó ver lo que significa una sociedad con menos presencia de la fe; eso me hizo valorar más lo que significa vivirla", explica. Para él, el repunte vocacional tiene que ver con una necesidad profunda que atraviesa a su generación. "El hombre tiene un vacío que nada material llena y muchos jóvenes empiezan a darse cuenta de eso".

Los alumnos del Seminario en el aula. / Guillermo García

Ese proceso de búsqueda también aparece en perfiles más cercanos al contexto español. Nacho Baruque, ovetense de 29 años, no entró en el seminario hasta hace dos, a pesar de haber sentido la inquietud desde los 17. "La idea estaba ahí, pero la fui posponiendo", reconoce. Era ingeniero informático, trabajaba en ese sector hasta que una experiencia personal cambió su perspectiva. "En un retiro tuve un encuentro muy fuerte con Dios; ahí empecé a tomarme en serio algo que antes rechazaba", explica.

Jorge Calandra, cántabro de 28 años, vivió un recorrido paralelo. Estudió Ciencias Políticas y probó otros caminos antes de tomar la decisión definitiva. "Llega un momento en que ves que hay algo que no encaja y esa pregunta sigue ahí". A partir de ese momento, el proceso fue gradual, con acompañamiento, implicación en grupos jóvenes y una decisión final que implicaba un cambio de vida profundo.

Ambos coinciden en que la reacción de su entorno no se basa tanto en el rechazo como en la sorpresa. "No diría que hay prejuicio, sino desconocimiento", apunta Jorge. Nacho añade que lo que más llama la atención es el nivel de compromiso. "Que renuncies a formar una familia o a una carrera profesional choca mucho hoy en día, porque la gente tiene miedo al compromiso".

Esa idea aparece de forma recurrente en todos los testimonios. En una sociedad donde las decisiones tienden a aplazarse, optar por el sacerdocio se percibe como una elección radical. Sin embargo, ellos la viven desde otro enfoque. "Descubrimos el cristianismo como algo que llena, que da sentido a la vida", resume Jorge, al explicar que no lo entienden como una renuncia, sino como una forma de plenitud.

¿Qué hacen los seminaristas?

La vida en el seminario se organiza en torno a tres pilares: el estudio, la oración y la vida en comunidad. A ellos se suma la dimensión pastoral, que les lleva a trabajar con distintos colectivos, desde personas mayores hasta jóvenes o personas en situación de vulnerabilidad. "No es una vida aislada; estamos en contacto con la realidad social", explican al describir un día a día que combina formación y servicio.

Es precisamente en ese contacto donde muchos encuentran confirmación a su decisión. "El servicio a los demás te ayuda a ver que este camino merece la pena", señalan. La vocación no se plantea solo como una experiencia personal, sino como una forma de entrega que cobra sentido en relación con otros.

Desde la dirección del seminario, José Antonio Bande insiste en la necesidad de interpretar los datos con prudencia. "No podemos hablar de grandes números, pero sí de cierta estabilidad", señala. En el caso de Oviedo, a los 17 seminaristas actuales podrían sumarse seis más en el próximo curso, lo que supondría un incremento significativo, aunque todavía dentro de una tendencia moderada.

Ese crecimiento se explica en parte por la colaboración con otras diócesis y por la presencia de alumnos latinoamericanos, la mayoría provenientes de Nicaragua, pero también por un cambio en el perfil de quienes llegan. "Ahora hay más diversidad y también más madurez; muchos han tenido estudios o experiencia laboral antes de dar el paso", apunta el rector.

Para Bande, el seminario no es ajeno a la sociedad en la que se inserta, sino que refleja sus transformaciones. "Vivimos en una sociedad multicultural y eso también se nota aquí", afirma. Esa diversidad, lejos de ser un obstáculo, se convierte en una oportunidad. "Aporta riqueza en la forma de vivir la vocación y en los distintos puntos de vista".

En ese cruce de historias personales, contextos culturales y preguntas compartidas se dibuja el perfil de una generación que vuelve a mirar hacia el sacerdocio sin hacer ruido. Lo hace, como cuentan Mario, Odorico, Nacho o Jorge, desde procesos largos, con dudas, idas y venidas, y decisiones que no siempre fueron inmediatas. No hay un único camino, sino muchos recorridos distintos que acaban confluyendo en un mismo paso.

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Sin grandes números, pero con historias concretas, este repunte apunta a que incluso en una sociedad donde la fe tiene menos mucha menos presencia que en el pasado, siguen existiendo preguntas que no desaparecen entre ciertos grupos de personas. Y hay jóvenes que, como los del Seminario Metropolitano de Oviedo, deciden tomárselas en serio y buscar una respuesta propia, aunque eso conlleve ir a contracorriente de tendencias ampliamente instauradas en su generación.

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