Geopolítica del interregno: Perspectivas para el 2026 en un mundo poshegemónico
El año 2025 no será recordado como un año de guerra, porque la guerra, en la historia de las potencias, nunca es un acontecimiento excepcional, sino una constante: una forma recurrente mediante la cual se corrigen, alteran y redefinen los equilibrios. Más bien, será recordado como el año en que se hizo evidente que el orden que había gobernado el mundo durante décadas había dejado de funcionar como principio organizador, mientras seguía existiendo como un aparato.
Las instituciones siguen en pie. Las alianzas no se han derrumbado formalmente. Las reglas siguen invocándose, repitiéndose y defendiéndose. Y, sin embargo, cada vez más, ya no producen los efectos para los que fueron construidas.
El poder sigue ejerciéndose, pero le cuesta generar consenso. Se toman decisiones, pero no configuran el futuro. Se dicen palabras, pero ya no organizan la realidad. Lo que falta no es la fuerza en sí, sino la capacidad de orientar, de hacer comprensible y compartible el significado del movimiento histórico.
Durante más de treinta años, desde el fin de la Guerra Fría, Occidente ha vivido con una profunda creencia, rara vez enunciada pero constantemente practicada: que su modelo no solo era dominante, sino definitivo. Que el control financiero, monetario y narrativo podía reemplazar indefinidamente la producción real, la cohesión social y la capacidad de sostener los costos materiales a lo largo del tiempo. Que el lenguaje gobernante era suficiente para gobernar el mundo.
En 2025, esta creencia no se derrumbó de forma espectacular. No hubo un acto final. No hubo una derrota simbólica.
Se consumó.
Y es precisamente este tipo de transición --lenta, ambigua, inestable-- la que Antonio Gramsci describió con el término interregno: una fase histórica en la que el viejo orden ya no puede imponerse como necesario, pero el nuevo aún no es capaz de presentarse como una alternativa completa. En este espacio intermedio, las estructuras siguen funcionando, pero sin dirección; el poder sigue ejerciéndose, pero sin hegemonía; la política se reduce a la gestión, mientras que el significado general se disuelve.
El interregno no es caos. Es algo más sutil: orden sin rumbo.
Es el momento en que las reglas sobreviven a las razones por las que fueron creadas, cuando las palabras siguen pronunciándose incluso cuando ya no son convincentes, cuando el mundo avanza sin que nadie lo dirija realmente. Es en este espacio donde surgen tensiones desproporcionadas, conflictos sin resolver, narrativas contradictorias y fenómenos que parecen «morbosos» no por anómalos, sino porque son sintomáticos de un vacío de hegemonía.
2025 fue precisamente esto: no el fin de un mundo, sino la entrada consciente en un tiempo sin centro, en el que Occidente sigue hablando mientras la Historia, en silencio, empieza a pasar factura.
EEUU: hegemonía sin rumbo, poder sin plan
En 2025, EEUU sigue siendo, al menos formalmente, la principal potencia militar del mundo. Nadie lo discute realmente. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde se manifiesta la contradicción central del interregno: el poder permanece, pero la hegemonía se disuelve.
Antonio Gramsci distinguió claramente entre dominación y hegemonía. La primera se basa en la coerción; la segunda en la capacidad de universalizar los intereses particulares, haciéndolos parecer naturales, inevitables, incluso deseables. En 2025, EEUU conserva el dominio, pero está perdiendo rápidamente su hegemonía. Y cuando una potencia ya no puede liderar, comienza a castigar.
Los datos materiales son elocuentes y no requieren retórica: la deuda federal estadounidense ha superado los 34 billones de dólares, más del 120% del PIB, con el gasto en intereses creciendo más rápido que la capacidad productiva real. Este es el signo de una economía que no invierte para transformarse, sino que imprime para posponer, trasladando el costo de sus propias contradicciones........
