Wembley, 1996
Verano de 1996. Los ingleses aún no han cometido el error de derribar el antiguo Wembley. Paul Yong entona God save the Queen minutos antes del Inglaterra-Alemania en las semifinales de una Eurocopa inolvidable. La atmósfera es de una calidez y una elegancia abrumadoras. Los once futbolistas, sin excepción, cantan el himno nacional. Ninguno mira al suelo o chapurrea con desgana. La capital del antiguo imperio británico se muestra al mundo en unas coordenadas reconocibles. Ni todos son lores ni todos hacen balconing, pero son ellos, los vemos, casi los sentimos.
Miramos a nuestro alrededor y apreciamos un tiempo que palidece ante la superioridad estética noventera. Cómo es posible que unos tipos de corto desprendan semejante estilo. Esas imágenes nos transportan a otro planeta. Insuperable aura, como ahora dicen los chavales. Las camisetas, los colores…
Pero hay algo más. Los rostros que vemos en los futbolistas y en las gradas suscitan una reflexión. Vivimos ese mundo, lo disfrutamos y creímos que era para siempre, ahora no existe. Aquella Europa reconocible en césped y........
