Los estándares éticos de la casta
«¿Qué importa» —decía Sancho— «que vayan galgos o podencos?». Nos esperan días, y a lo mejor semanas, de bochornosa especulación sobre el año exacto y la satrapía concreta que regaló a Zapatero sus joyas —las que de momento se le han incautado—, luz de gas sobre la punta del iceberg cuando el Titanic ya apunta la quilla hacia el cielo. Mientras el juez averigua si hubo tráfico de influencias y en qué medida, esta será la cantinela que oiremos, y luego otra distinta, y así sucesivamente, porque la idea es acostumbrarnos paulatinamente a lo inadmisible hasta que llegue el momento de encapsular otro cadáver político al que todos jurarán que no defendieron y ni siquiera conocían. Así continuará el experimento del poder, que consiste en emplear la propaganda para constatar que lo que dijo Groucho Marx en Sopa de ganso —«¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?»— se puede realizar con un puñado de millones y otro de fanáticos.
No conviene perder de vista, en el proceso, el cubilete que esconde la bolita de estos trileros. Como siempre desde que comenzó la retahíla de los escándalos, se nos quiere hacer creer que este es un asunto legal y no ético. Poco importa que el propio expresidente presentara ya en 2005 un código ético en lo tocante a los regalos; poco importa el cuajo sideral que hay que tener para andar discutiendo si son galgos o podencos con ese hecho a la vista de todos. El quid está en la palabra «normativa», que Sebastián y........
