Israel y su guerra perpetua
“Toda Gaza y cada niño de Gaza deben morir de hambre.”
Ronen Shaulov, rabino sionista
“Israel no es un Estado “amigo” o “aliado”, sino un recurso militar, un francotirador a sueldo colocado en una “zona de interés” [de Estados Unidos]”.
Edu Rodríguez
Introducción
Partamos de una afirmación fuerte, contundente: hoy el Estado de Israel no representa a todo el pueblo judío, ni en el propio territorio medio-oriental (más de 7 millones), ni en la diáspora (más de 8 millones, siendo Estados Unidos el país donde más se encuentran: alrededor de 6 millones). La política que mantiene Tel Aviv es resistida, o más aún: aborrecida, por muchos judíos.
Valga al respecto lo dicho, por ejemplo, por el Partido Comunista de Israel luego de la amenaza del actual presidente Benjamín Netanyahu de aplastar a los palestinos de la Franja de Gaza, posterior al ataque de Hamas del pasado 7 de octubre de 2023:
“Los crímenes del gobierno fascista israelí, destinados a sostener la ocupación, están conduciendo a una guerra regional. Tenemos que detener esta escalada. En estos tiempos difíciles, repetimos nuestra condena inequívoca de cualquier ataque contra civiles inocentes e instamos a todas las partes a detener a los civiles en el ciclo de violencia”.
Igualmente, lo declarado vez pasada por Sergei Gornostayev (judío de origen ucraniano, actual residente en Israel), hoy día catedrático de Sociología en la Universidad de Haifa, anteriormente soldado israelí que se negó a tomar parte en uno de los tantos conflictos de Israel con El Líbano:
“Comencé lentamente a comprender el sentido de las políticas israelíes y de la ocupación, y empecé a involucrarme, más o menos activamente, en la acción política de la izquierda. También decidí negarme a prestar el servicio de reserva. Creo que lo obvio y más irritante de esta guerra es su falta de sentido. Para todos está claro que no hay conexión entre los dos soldados capturados por Hezbollah y la operación en El Líbano. Hoy, después de un mes, incluso ni los ministros recuerdan mencionar a esos pobres muchachos, y están buscando justificaciones para el conflicto”.
Es decir: hay más de un judío que no avala la agresión que realiza Israel contra los palestinos, ni contra ningún punto del Medio Oriente, aunque la imagen mediática dominante es que todos los judíos están en una guerra -supuestamente justa y necesaria, por otro lado- contra sus vecinos.
Lo anterior es una falacia total, parte de la monstruosa operación mediática de manipulación y ocultamiento de la verdad a que se somete al pueblo judío, siguiendo los pasos de quien, en su momento, fue un enconado agresor del mismo, imbuido de la locura supremacista de pertenecer a una presunta “raza superior”, el nazi Joseph Goebbels, cuya máxima de mentir descaradamente, pues “Una mentira repetida mil veces termina transformándose en una verdad”, se volvió lema infaltable y fundamental en la política israelí.
“Hamas será borrado de la faz de la tierra. Cada miembro de Hamas es un hombre muerto, pues son bárbaros y bestias”, espetó el actual mandatario israelí Netanyahu. Pero vale recordar que en estos últimos tiempos, en la agresión en la Franja de Gaza, el ejército de Israel ha masacrado a, por lo menos, 100.000 palestinos en su preconizada lucha contra el terrorismo, fundamentalmente civiles no combatientes, incluyendo niños y niñas, mujeres, ancianos, bombardeando hospitales, reduciendo el territorio atacado a escombros inhabitables. Ahora bien: ¿quiénes, realmente, son los “bárbaros y bestias”? ¿Por qué el Estado de Israel se ha convertido en esto?
Debe aclararse rápidamente que no es cierto que el pueblo de Moisés odie visceralmente a los palestinos, a los árabes, a todos los habitantes de lo que hoy se conoce como Medio Oriente. En todo caso, y eso es lo que intentaremos mostrar con el presente texto, se juegan ahí otros intereses. No estamos hablando de guerras religiosas ni culturales.
¿Qué es el actual Estado de Israel?
Ya es un lugar común en buena parte de la prensa corporativa comercial de casi todo el mundo presentar las terribles agresiones del Estado de Israel contra los pueblos árabes, y en especial contra la población palestina, como una legítima defensa ante “ataques sanguinarios de musulmanes fanáticos”. El bombardeo mediático al que la población global se ve sometida minuto a minuto ha hecho de esto un lugar común, naturalizado, aceptado casi acríticamente. En toda esa lluvia desinformativa solo se habla del ataque, siempre presentado como despiadado, de grupos extremistas contra un pueblo israelí eternamente víctima.
¿Esto es así? ¡No, en absoluto! El asunto es infinitamente más complejo. Y es necesario dejar claro desde un principio que no se trata de cuestiones religiosas; en todo caso, concretos intereses geopolíticos y económicos se anudan con cuestiones teológicas, pero presentadas de tal manera -perversamente engañosa, por cierto- que podría llegar a creerse que estamos ante cuestiones de fe. Por lo pronto, el llamado “fundamentalismo islámico” tiene mucho de creación mediática. De acuerdo con Zbigniew Brzezinsky, cerebro de la ultraderecha guerrerista estadounidense, la ayuda de la CIA a los insurgentes afganos fue aprobada en 1979, buscando así involucrar en la lucha a la Unión Soviética de modo directo. Ello sucedió, y la guerra en Afganistán trepó en forma exponencial, luego extendida a todo el Medio Oriente y el Asia central. A través del fundamentalismo islámico -fomentado y financiado por la Casa Blanca- se ayudó a terminar con el proyecto socialista tanto en Afganistán -que había tenido su revolución popular (Revolución Saur) en 1978- como, indirectamente, como en la Unión Soviética. Brzezinsky, sin ninguna vergüenza, pudo decir entonces en declaraciones públicas: “¿Qué significan un par de fanáticos religiosos si eso nos sirvió para derrotar a la Unión Soviética?”
Por parte del gobierno de Tel Aviv, hoy liderado por una suma de sionistas genocidas y sanguinarios con Benjamín Netanyahu a la cabeza, se trata, entonces, de una “heroica” lucha por defenderse de “fanáticos fundamentalistas anti-judíos”. En pocas palabras, para mostrar la otra cara del asunto: el Estado de Israel juega un papel de avanzada de los intereses geoestratégicos de Washington en la región de Medio Oriente (¿su estado número 51?), y secundariamente de potencias capitalistas europeas.
Desde su nacimiento como Estado independiente el 14 de mayo de 1948, la historia de Israel no ha sido sencilla. En realidad, si bien amparándose en el deseo histórico de un pueblo paria de tener su propio territorio, surge más que nada como estrategia geoimperial de las grandes potencias occidentales, Gran Bretaña y Francia entre las principales, con los intereses petroleros como trasfondo. La vergüenza, la admiración y el respeto que hizo sentir el Holocausto de seis millones de judíos masacrados a manos de la locura eugenésica de los nazis, preparó las condiciones para que ese nacimiento pudiera tener lugar. Una “compensación histórica”, podría decirse. Pero con el tiempo las cosas fueron cambiando. Su mismo nacimiento tuvo algo, o mucho, de cuestionable. Por lo pronto quien fuera su primera ministra entre 1969 y 1974, Golda Meir (apodada la “Dama de Hierro”, por su dureza e intransigencia) decía que era “imprescindible vaciar Palestina de sus pobladores originarios”.
Hoy el Estado de Israel, supuestamente amparado en ese pretendido “derecho histórico” de recuperar una “tierra prometida”, juega el papel de una base de Washington en Medio Oriente. Su poder militar, y en especial su no declarada oficialmente capacidad atómica, representa el poderío militar del imperialismo estadounidense en una zona de su especial interés geopolítico.
El ex presidente estadounidense Joe Biden, siendo senador manifestó sin empacho que “Si Israel no existiera, Estados Unidos debería inventar Israel para proteger sus intereses en la región”. Más claro: imposible. Ahí tenemos la verdadera -la única, la real- clave para entender el eterno conflicto de Medio Oriente.
Hoy el Estado de Israel es una delegación del poder estadounidense -secundado también, en alguna medida, por la Unión Europea- en una zona particularmente rica en petróleo (un tercio de la producción mundial proviene de Medio Oriente y el Golfo Pérsico, y en la región se encuentran las reservas más grandes del planeta, junto con las de Venezuela), riqueza que Occidente -o mejor dicho: sus enormes multinacionales (ExxonMobil, Chevron, Halliburton, Phillips 66 -Estados Unidos-, Shell -Gran Bretaña y Holanda-, British Petroleum -Gran Bretaña-, TotalEnergies -Francia-) no quieren perder por nada del mundo. Esto explica que Israel sea una potencia militar, el único país de la región con armamento nuclear, no declarado oficialmente pero tampoco nunca negado (alrededor de 100 bombas atómicas, o quizá más), listo para defender esos intereses empresariales.
Al respecto de ese armamento nuclear, si bien el gobierno de Tel Aviv no es claro en torno a él -por lo pronto nunca quiso firmar el Tratado sobre No Proliferación de Armas Nucleares-, según revelaciones que hiciera el científico nuclear Mordechai Vanunu (arrepentido luego por su accionar), que trabajó por nueve años en el reactor nuclear de Dimona en el desierto del Néguev, 150 kilómetros al sur de Jerusalén, Israel sí posee armas nucleares, según su denuncia, aparecida en 1986 en el Sunday Times, de Londres, bajo el título “Revelado: Los secretos del arsenal nuclear de Israel”. Las filtraciones que........
