Carta de una mujer sufrida
Ustedes se preguntarán ¿para qué escribo esta carta? Pues bien: por varias razones. Hasta lo respondería de un modo provocativo: ¿por qué no escribirla?
Soy una mujer, y eso solo ya da motivo para escribir algo que denuncie. ¿Por qué? Porque, lamentablemente, las mujeres tenemos mucho, muchísimo, demasiado que denunciar. ¿Por qué yo ahora, con toda la humildad del caso, estoy escribiendo esto? Porque estoy bastante harta de recibir golpes y golpes, y de encontrar muy escasos medios para contar mis penurias. Y mucho menos aún, para evitarlas. Estoy harta de encontrar los caminos cerrados, burlas, agravios, golpes y más golpes. Y los golpes, por cierto, no son solo físicos. A veces, incluso, esas agresiones, esos golpes morales, si podemos llamarlos así -la discriminación, la exclusión, el descrédito-, son peores que los físicos. ¿Hasta cuándo todo esto?
Inmediatamente me parece imprescindible aclarar algo: mis penurias son, salvando quizá algunas distancias, las mismas penurias que sufrimos las mujeres en general, en cualquier parte del mundo. Podrán decir que escribo esto, entonces, desde el resentimiento. Pues sí y no. No estoy resentida con nadie en particular. No se trata de cuestiones personales, de tal o cual ser humano al que me refiero, al que odie en especial, no se trata de un rencor personalizado. Por eso esto no conlleva animadversión contra nadie, pero sí una profunda carga de odio -¿por qué ocultarlo?-, un odio, una profunda antipatía, una honda animosidad contra una injusticia que recorre nuestra sociedad planetaria. Soy una más, una simple mujer más de esos millones y millones de mujeres que sufrimos, todos los días y de distintas formas, pero sufrimos. ¡Y mucho! Puedo decir entonces, y esto no significa altanería alguna, que hablo en nombre de todas las mujeres, hablo con un gran sentimiento de cólera, de ira. De odio, si lo queremos ver así.
¿Acaso no se vale tener odio? El odio es un sentimiento tan humano como el amor, el miedo, la envidia, el orgullo, la felicidad y algunos más. Por supuesto que, a veces, odiamos. ¿O nos tenemos que tragar esa infame mentira de que nos amamos todos, por igual y sin condiciones? Si así fuera, el mundo sería muy distinto, y no habría todas las interminables injusticias que pueblan nuestras vidas. A quienes fuimos criadas o criados en la fe católica se nos enseñó que, si somos abofeteadas en una mejilla, debemos poner la otra. Suena muy altruista eso, pero no es real. El odio es una reacción natural, normal, absolutamente normal y esperable ante un ataque injusto, ante un atropello. ¿Por qué yo iría a amar a quien me viola? Dios, si es que existe -al menos el que manda en nuestro barrio, ese tal Jehová, porque hay muchísimos más dioses por allí-; pues bien: Dios, en su infinita bondad, podrá querer a todos. Yo, lo digo con todas las letras, no. Y las religiones -o, al menos la católica, que es la que conozco- habla todo el tiempo del amor. Pero eso es una hipocresía. En nombre del amor en el medioevo europeo se quemó a medio millón de personas, mujeres fundamentalmente, por considerarlas brujas, amantes del demonio, poseídas diabólicas. Y en nombre de ese amor y la evangelización para sacar del supuesto salvajismo a los pueblos originarios de América, se mataron millones y millones de seres humanos. ¿Pero cómo: tendríamos que amar a quienes nos destrozan? ¡Por favor! ¡Eso es una patraña, una pazguatería mayúscula, muy hipócrita por cierto!
Me parece que odiar, a veces y dada ciertas circunstancias, es humano, es normalmente humano. Incluso puede ser la reacción más acorde, porque -no hay que olvidarlo nunca- amamos solo con cuentagotas. Amamos a veces, en momentos especiales de la vida, y el llamado “amor eterno” -quizá solo el de las madres por los hijos puede serlo- no dura mucho. No amamos a toda la humanidad. Yo no puedo amar a quien me mortifica, a quien me agravia. Extremando las cosas, puedo entender el porqué de una injusticia, pero no puedo justificarla, avalarla. Decir que amamos a todos por igual, perdonando con el corazón abierto a quienes nos aplastan, me parece que no pasa de quimera, de formulación bastante cuestionable. Yo no pido amor para todo el mundo: pido justicia, que no es lo mismo. No pido venganza, que tampoco es lo correcto: “ojo por ojo, diente por diente”. Pido, exijo, reclamo con todas mis fuerzas justicia. Justicia, es decir: equidad. Exijo que se reconozcan las asimetrías, los daños que nos producen, y que se supriman. Lo exijo categóricamente, y trabajo con todas mis fuerzas para lograrlo. No solo para mí, por supuesto, sino para que el colectivo, para que la gran masa humana pueda cambiar. ¿Cómo voy a amar al que me daña? ¿Cómo voy a estar conforme y convivir en paz con quien me abusa, con quien me aplasta, me trata como cosa, me atropella y me denigra? Dios lo podrá hacer, en su infinita bondad. Los simples mortales como yo, por supuesto que no. Yo quiero -¡y necesito!- justicia. Nada más.
Por eso digo -y no me da vergüenza expresarlo así- que guardo un profundo rencor contra todas las injusticias. Pero hoy, en esta humilde carta, sin dudas mal escrita -no soy una escritora profesional- me voy a referir a las injusticias que sufrimos nosotras, las mujeres.
Soy una mujer latinoamericana, de extracción muy humilde, nacida y crecida los primeros años de mi vida en el medio rural, ahora -en el momento de escribir esta misiva- de mediana edad, heterosexual, sufrida como todas las mujeres, y que tuvo la suerte de poder capacitarse, de llegar -no sin muchísimo esfuerzo- a la educación superior, obteniendo títulos universitarios. No tengo hijos por decisión propia. Pese a mi edad -ya no soy una jovencita- sigo teniendo bastantes atractivos físicos, por lo que continúo siendo objeto -¿o víctima?- de continuos cortejos y coqueteos por parte de varones.
Aclaro rápidamente que no soy de la idea, como sí lo son algunas mujeres que participan en movimientos feministas radicales, en algunos casos levantando la figura icónica de Lorena Bobbit, que el hombre, el varón, es el “depredador natural” de las mujeres. Aquí no hay naturaleza alguna: hay sociedad, hay........





















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