Le Groupe Scolaire Mohamed Barry
Escolares posando con su Ardoise. / Javier Albarracín
El colegio está a dos manzanas de La Coure de Hamdallaye. A las siete y media de la mañana inician el camino tras la orden del más mayor. Diez minutos por esas calles de costra laterítica empedrada, roja y arcillosa, sorteando algún riachuelo de aguas fecales que cruza el camino. Son diez minutos que recorren cantando, todos pendientes del resto. Es imposible que un niño se quede rezagado sin que el que camina a su lado no lo note. Disciplina llevada en la sangre, no por obligación sino por responsabilidad hacia sus hermanos y primos.
A las ocho menos cuarto, formados en el patio de Le Groupe Scolaire Mohamed Barry y con sus uniformes, cantan el himno nacional y entran a clase. Desayunan allí si llevan el euro que cuesta el desayuno: frijoles con pan, arroz, bebida de jengibre con hibiscus. Tres clases de dos horas hasta las dos de la tarde, y de vuelta a casa a comer, con los deberes bajo el brazo. Muchos siguen estudiando de noche,aunque sea alumbrado por el haz tembloroso de una vela, y después de ayudar con las labores de casa.
Los que se examinan del Brevet, el equivalente al PAU (selectividad), se quedan a repasar sabiendo que ese examen puede ser la diferencia entre una vida y otra. Estudiar, en Guinea, es un privilegio que se agradece, no una obligación que se arrastra.
Y para las niñas........
