El empeño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) por fomentar el interés de los jóvenes por los clásicos sigue con velocidad de crucero. Esta vez lo consigue con El monstruo de los jardines de Calderón de la Barca dirigida por Iñaki Rekarte. Director que ya lleva unos cuantos éxitos seguidos en la cartelera, sobre todo, por su inteligente uso del humor de una manera sencilla pero eficaz.

Esta vez la convocatoria es para asistir a una comedia en la que hay enredo y embrollo protagonizada por Aquiles. Este ha sido escondido y apartado del mundo, como si fuera el Segismundo de La vida es sueño, para evitar que vaya a la Guerra de Troya y muera.

Pero todos los intentos de vencer al destino, por mucho que lo intente una madre, como en este caso, son infructuosos. En ese encierro, Aquiles sale del agujero en el que vive, como cualquier adolescente. Y nada más salir ve a la princesa Deidamia y se enamora.

Ella cree haber visto a un monstruo, porque lo que se encuentra es un ser desgreñado, sucio, con poco color, mal vestido, y, es de suponer, por las condiciones de la cueva, maloliente. También, un ser maleducado que ha vivido aislado de todo contacto humano y le faltan maneras. Una primera impresión, que en ese mismo encuentro cambiará, cuando se de cuenta de que a ella ese monstruo también le hace tilín, tolón y talán.

Hay un tercero en discordia. Lidoro, el príncipe con el que habían comprometido a la princesa. Que debido a un naufragio, primero se presentó como criado, y después, una vez recuperada la pompa, como príncipe reclamando su derecho de matrimonio. Aunque, la princesa ya solo tiene ojos para Aquiles. Ah, se siente.

¿Cómo conseguir que Aquiles se mantenga cerca de la princesa sin levantar sospechas? Travistiéndole como la amada prima de la princesa. Lo que le permite mantenerse escondido al lado de la amada y, claro, algún escarceo carnal con la princesa.

Aunque Aquiles cuenta con la protección de su madre, una ninfa. No cuentan con que Marte, dios de la guerra, y Ulises lo buscan. Quieren encontrarlo y enrolarlo, pues según Marte, solo con él de su lado lo griegos lograrán vencer a Troya.

¿El final? Mejor es ir al teatro a verlo. Los motivos son muchos. El primero, el joven elenco, el mismo que protagonizó el éxito de La discreta enamorada de Lope de Vega. Los que forman parte de la sección joven de la compañía. Que dicen el verso con naturalidad sin perder ni el ritmo ni la rima. Pero es que estudian y se preparan con Vicente Fuentes, una de las razones por la que los intérpretes más jóvenes se matan por entrar en esta compañía.

Un elenco que está liderado por Pascual Laborda, en el papel de Aquiles. Hasta su aparición en escena, la obra va bien. Pero tras su aparición provoca un cambio que lleva la obra al siguiente nivel. De tal manera que parece que hablar en verso es lo normal. Lo que hacen los humanos.

Y no lo hace con un discurso fácil. Pues, ante el mismo estímulo, las mujeres, se da cuenta que no siente lo mismo. Que unas le atraen, pero solo una es a la que quiere. Y eso le confunde porque entiende que las dos son mujeres, personas del mismo género. Lo que daría el cronista por saber lo que se están cuchicheando los dos adolescentes varones que tiene delante cuando están viendo esta escena. Como lo hacen en otras amorosas.

El brillar de Pascual Laborda como Aquiles, que alcanza cotas de la famosa película Con las faldas a lo loco de Billy Wilder cuando se trasviste, es posible por sus antagonistas. Y, por supuesto, por Ania Hernández que hace de princesa. Tan ducha como él en verbalizar el verso mientras se mueve en escena. En moverse y hablar como alguien educado hoy en día de tal manera que de nuevo, parece que el verso del siglo de oro es contemporáneo.

Esto sería bastante, pero no explicaría la reacción del público en las butacas. Un público entre los que hay una buena entrada de adolescentes, seguramente llevados por sus profesores de instituto. Bravo por estos profes. También se ven gentes de la profesión, críticos, y el público de todas las edades. Un público que aplaude mucho, hasta los hay que se ponen en pie. Y, de forma general, parecen salir con esa excitación de cuando algo les ha gustado mucho.

Es por esa respuesta general que la obra provoca en un público tan diverso, que se acaba pensando que es esto lo que se quiere decir cuando se describe un espectáculo como para todos los públicos. En cierto modo, la dirección de Iñaki Rekarte deja rasgos de las películas animadas de Disney.

Un cierto olor. Alguna referencia. Pero sin el almíbar, esa no es su característica. Lo ejemplifica perfectamente el uso de los mariachis. Muy al estilo de Coco. O el del Rey tan caricaturesco. Pero que equilibra muy bien con ese Ulises que se acerca al absurdo personaje de Borat, sin llegar a su desfase.

¿Hay algo más? Sí, lo hay. La escenografía de Mónica Boromello que, sin llegar a la concreción de otras de sus propuestas, sí se entrega al desfase y espíritu de comedia o suave juerga mantenida. Que permite escenificar tanto la isla arrasada de la primera parte, como los jardines de palacio de la segunda, y todos los cambios de escena con rapidez y sencillez. Dotándolo de cierta agilidad cinematográfica.

Tampoco le queda manco el espacio sonoro y la música creados por Luis Miguel Cobo. Ni el vestuario de Ikerne Giménez. Que evita ñoñerías en los trajes reales, principescos y militares. Y trasviste a Pascual Laborda con la eficacia de las películas protagonizadas por hombres que se tienen que disfrazar de mujeres.

Aunque lo mejor es cómo ese equipo ha escuchado a su director, que ha llenado el espectáculo de referencias para ser entendido hoy, y no ser visto como algo de otra época. Como que los soldados son legionarios. O la procesión inicial en la que, al estilo de la Semana Santa o de las fiestas de pueblo, se saca a Marte en andas y se procesiona hasta su templo.

Sin embargo, cabe preguntarse si queda algo después de todo este embrollo, de todo este despliegue técnico y actoral, de la inteligencia escénica. Quizás no, aparte del divertimento. De pasar un buen rato.

Pues no acaba de ser una comedia sobre el amor, como tampoco lo es de los celos. Aunque ambos aparecen. De ambos se habla. Y se ejemplifican en sus aspectos positivos, el primero, y negativos, el segundo. Y hermosísima cuando el criado gracioso, siempre hay un criado gracioso en estas obras, pone nombre a los sentimientos de Aquiles cuando este ve a su princesa a solas y lo diferente que es cuando ve que otro la abraza.

Tampoco se profundiza en el eje entre destino y libertad. Aunque es cierto que se plantea bien. De forma clara y meridiana. Incluido, el tema de la responsabilidad, de asumirla. Como cuando Deidimia, la princesa, tiene que decidir entre Lidoro, el príncipe con el que la han comprometido, o Aquiles, su amor. O cuando Aquiles tiene que decidir entre vivir escondido y travestido, pero al lado de su amada, o asumir su identidad y la responsabilidad y el destino con el que nació, aún con los peores augurios.

Quizás, porque lo que más interesa es contar una historia. Y hacerlo de una forma divertida. Hacerlo pasar bien con los clásicos a cualquiera. Como ya se ha dicho, hacer un espectáculo para todos los públicos. Algo que sin duda han conseguido.

QOSHE - 'El monstruo de los jardines', el clásico con humor entra - Antonio Hernández Nieto
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'El monstruo de los jardines', el clásico con humor entra

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14.04.2024

El empeño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) por fomentar el interés de los jóvenes por los clásicos sigue con velocidad de crucero. Esta vez lo consigue con El monstruo de los jardines de Calderón de la Barca dirigida por Iñaki Rekarte. Director que ya lleva unos cuantos éxitos seguidos en la cartelera, sobre todo, por su inteligente uso del humor de una manera sencilla pero eficaz.

Esta vez la convocatoria es para asistir a una comedia en la que hay enredo y embrollo protagonizada por Aquiles. Este ha sido escondido y apartado del mundo, como si fuera el Segismundo de La vida es sueño, para evitar que vaya a la Guerra de Troya y muera.

Pero todos los intentos de vencer al destino, por mucho que lo intente una madre, como en este caso, son infructuosos. En ese encierro, Aquiles sale del agujero en el que vive, como cualquier adolescente. Y nada más salir ve a la princesa Deidamia y se enamora.

Ella cree haber visto a un monstruo, porque lo que se encuentra es un ser desgreñado, sucio, con poco color, mal vestido, y, es de suponer, por las condiciones de la cueva, maloliente. También, un ser maleducado que ha vivido aislado de todo contacto humano y le faltan maneras. Una primera impresión, que en ese mismo encuentro cambiará, cuando se de cuenta de que a ella ese monstruo también le hace tilín, tolón y talán.

Hay un tercero en discordia. Lidoro, el príncipe con el que habían comprometido a la princesa. Que debido a un naufragio, primero se presentó como criado, y después, una vez recuperada la pompa, como príncipe reclamando su derecho de matrimonio. Aunque, la princesa ya solo tiene ojos para Aquiles. Ah, se siente.

¿Cómo conseguir que Aquiles se mantenga cerca de la princesa sin levantar sospechas? Travistiéndole como la amada prima de la princesa. Lo que le permite........

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