¿Un Parlamento? No, un campamento bárbaro
Por fortuna en nuestro Parlamento aún no hemos llegado a las manos / FDV
Vergüenza. Eso es lo que siento cuando veo que en nuestro Parlamento parece que las palabras se hayan convertido en armas tanto para descalificar al contrario como para evitar responsabilidades. Vergüenza cuando me pregunto cómo han llegado a una sede que debería ser un oratorio de la palabra determinados parlamentarios con tan menesteroso vocabulario. La degradación del lenguaje político, su vulgarización, ha llegado a unas cotas insufribles en las que se impone lo breve, rápido y simple, como si los bulos y la pocilga fuesen hoy el mejor recurso para despertar la atención de los votantes. El Parlamento español está hoy en un estado de cagalera dialéctica. Lo más trágico es que, si están ahí en representación del voto, habrá que preguntarse si no son en realidad más que un reflejo de nosotros mismos.
Sí, pero eso no obsta para sentir pudor cuando no solo se ve una feroz manipulación de la palabra, un asalto a la razón y un desprecio a la verdad en los que debieran elevarla a su mejor expresión, sino una violencia propia de tugurio, de antro de perdición. Decía el otro día Joan Coscubiela que una de las claves de todos los tiempos en la manipulación política es el uso de dulces palabras, pero es evidente que no es el camino elegido por los supuestos dignatarios del Parlamento español donde reina, más bien vegeta, la acritud, la agresividad, la virulencia y la desmesura y en donde no se habla de política sino de chorizos, delincuentes sexuales o espacios prostibularios que, siendo de unos, les endosan a otros.
¿Qué cerebro reptiliano puede animar a nuestros representantes públicos para llegar a tan degradante sopa de letras? ¿Es que los que ganan asiento en nuestros parlamentos son buleros, inluencers o fabricantes de fake news? Cada lector puede ponerle caras a lo que digo y que callo para no bajar a la arena hoy enfangada de las siglas políticas. No siempre fue así. Tengo en mi mesilla de noche un libro editado en 1984, Las voces de la República. Un libro monstruoso porque son 300 páginas caídas a plomo, como queriendo ocupar con letras hasta el último milímetro de cada página. Por eso lo leo a cachos, para que no se me corte la respiración en la lectura. Las voces de la República es un compendio de discursos parlamentarios sobre política y no sobre chanchullos como los de la actualidad, realizados por aquel plantel de diputados de 1931 del máximo nivel intelectual.
Pocas veces o nunca se han sentado en los escaños del Parlamento español tantos cráneos privilegiados como aquel año 1931 (no hablo de 1936 y los que se instalaron con el Frente Popular), todo un universo de gente bien pertrechada y, lo que es más difícil, bien intencionada aunque ni aún así se cortaran de raíz los problemas pendientes, que eran muchos y de gran envergadura; pero había altitud, respeto y dignidad. Eso se siente al leer este libro, discurso por discurso, aunque no pienso leerlos todos. ¿Y qué tenemos ahora, sobre todo con una oposición mayoritaria obligada a atacar aunque sea desde las alcantarillas y, para más inri, nunca para hablar de política? Un mar de los sargazos, los bordes del precipicio donde se suicidan las palabras, un arquitectura narrativa propia de un campamento de bárbaros emborrachados.
Suscríbete para seguir leyendo
