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La pesadilla chavista vista en perspectiva

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06.01.2026

El chavismo financió el triunfo de Humala en este país. Fue la pica en Flandes marxista para apoderarse del Perú. ¡Nunca debemos olvidarlo!
Las últimas tres noches de Nicolás Maduro al frente de Venezuela fueron, según todos los anales, la confirmación del ocaso de un régimen totalitario que se sostenía solamente basado en el miedo, la propaganda y la represión. Aquella conducta errática, surrealista, anticipaba que ya se había quebrado la omnipotente estructura de poder chavista que, durante dos décadas, tuvo secuestrada a una nación entera.
Ese comportamiento nómada de Maduro era el síntoma final de aquel proyecto autoritario que empezó con Hugo Chávez y que, bajo Maduro, derivó en una maquinaria cleptómana de control político, colapso económico y sistemáticas violaciones de derechos humanos. Venezuela, una nación siempre culta, sinónimo de modernidad, seguridad y prosperidad, acabó convertida en un país ensangrentado, marcado por la tiranía, el hambre, el éxodo masivo, la desesperación, la censura y la violencia institucionalizada.
La captura de Maduro tras una impecable operación militar norteamericana —que lo extrajo en su dorado búnker— simboliza el fin de un episodio que parecía interminable. Al dictador chavista, habituado a blindarse tras muros de acero y anillos de seguridad, lo redujeron sin resistencia. Su final, esposado y trasladado por fuerzas extranjeras, contrasta con la imagen de poderío total que acumuló por décadas. Fue la representación gráfica de un régimen que se derrumbaba; no por un acto heroico, sino por el fracaso histórico de una implacable trayectoria de abusos.
La operación militar que precedió su captura —incluyendo bombardeos aéreos selectivos sobre Caracas— afirmó que el margen de maniobra de Maduro había acabado. Huérfano de discursos, despojado de cadenas radiotelevisivas, agotados sus gestos teatrales, el tirano fue incapaz de sostener la ficción del control férreo que tanto gustaba representar como líder invencible, aunque con pies de barro, enfrentando una realidad que él mismo construyó: un país devastado, encanallado, empobrecido; un pueblo más que exhausto, y una comunidad mundial que, tras soportar vergonzosamente sus excesos, de pronto dejó de tolerar su impunidad.
Para los venezolanos, este episodio no es solo el fin de un gobernante. Es la posibilidad —aún frágil e incierta— de recuperar el país que les fuera arrebatado. Después de más de veinte años de autoritarismo, corrupción y deterioro institucional, la caída del chavismo abre un espacio para reconstruir la democracia, restablecer el Estado de derecho y sanar las heridas profundas que dejó la tristemente célebre revolución bolivariana.
El mundo libre observa este hecho con esperanza, aunque asimismo con cautela. La transición venezolana no será fácil. Las estructuras criminales, los intereses económicos creados por el poder corrupto y las fracturas sociales acumuladas no desaparecerán de un día para otro. Sin embargo, por primera vez en muchísimo tiempo los venezolanos pueden mirar hacia adelante, sin la sombra omnipresente de un impresentable caudillo, asesino y ladrón.
La captura de Maduro no es el final de la historia, pero sí el fin de una pesadilla. Y esto, para millones de venezolanos, ya es un avance.

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