Alfredo Bryce Echenique
La mañana del 10 de marzo recibí con pesar la noticia de la partida de uno de nuestros colosos: Alfredo Bryce Echenique, quien, desde sus páginas llenas de ternura y el más entrañable humor, acompañó y animó a miles de peruanos a lo largo de varias décadas. Y es que Bryce, aun sin él saberlo, era nuestro amigo. En 1996 leí su novela “No me esperen en abril”, justo durante las vacaciones de verano, antes de iniciar el año escolar y recuerdo haber celebrado cada una de las ocurrencias del protagonista Manongo Sterne, haber envidiado a la siempre bella Tere Mancini y admirado al rudo pero encantador Tyrone Power, y recuerdo también haber buscado en discos y casetes, las canciones que se bailaban a lo largo del libro, como si fuesen las huellas o el rastro de esos personajes tan queridos. Nadie como Bryce ha representado el alma de un limeño, el extraño humor limeño, que tiene mucho de dulce, de trágico y nostálgico. Nuestro humor que está hecho a base de tristeza. Recuerdo haber ido en 1998 a la Feria Internacional del Libro, cuando esta se realizaba en San Miguel, solo porque Bryce iba a presentarse en una de las salas. El lugar estaba abarrotado de admiradores y a todos nos invadía una mezcla burbujeante de terror y alegría por tener a nuestro ídolo tan cerca. Es una rara sensación la de conocer a un escritor, es como si, de pronto, uno de sus personajes se materializara frente a nosotros… y ahí estaba Bryce, muy apuesto y bronceado, con una hermosa camisa color palo rosa y una corbata que parecía hecha de marfil. Se le veía muy sonriente mientras hablaba y luego mientras firmaba libros y les hacía bromas a sus fans. Yo me quedé mirándolo como hechizada durante una media hora, incluso después de la conferencia, hasta que vi, como en un sueño, que la fila de lectores comenzaba a agotarse y me retiré del lugar, casi de puntillas. Los novelistas nunca entenderán la fascinación que suscitan entre los más jóvenes (sobre todo, si estos son retraídos), lo mucho que pueden formar sus almas y acompañarlos en momentos de soledad. Tiempo después, ya en el 2011, fui de nuevo a verlo a la FIL, esa vez sí lo abordé para obsequiarle una de mis obritas, “La casa del sol naciente”, que me agradeció con la timidez que le era característica, pero también con los ojos brillantes y con una sonrisa triste de niño. Te vamos a extrañar, querido Bryce, pero seguirás hablándonos y haciéndonos reír desde tus libros, esos que fueron para muchos un consuelo y un descanso en el camino.
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