Pagad las deudas
El espectáculo más impresionante del Mundial ha sido el silencio de los partidos y de los líderes políticos catalanes. Incluso Sílvia Orriols, que está acostumbrada a hablar con los castellanos polemizando con el islamismo —y por lo tanto a jugarse el físico—, ha evitado comentar el significado, y los sótanos, de la euforia españolista. Al presidente del Barça lo hemos visto paseando por Nueva York disfrazado de Jesús Gil, haciendo buenas mis profecías con su barriga protectora y aerostática. Laporta cree que solo puede putificar al Club para intentar salvarlo de la ruina, igual que Josep Maria Porcioles putificó Barcelona, sin ser menos patriota, para salvarla de los militares franquistas.
El "todos dentro" que propugna Iván Redondo, y que La Vanguardia repite siempre que puede como un mantra y como una amenaza, viene con esta letra pequeña: la España surgida del 1 de octubre no será viable hasta que los catalanes no formen parte de ella rotos y arrepentidos por la impotencia. Las regularizaciones de inmigrantes forman parte de la misma estrategia de disolución política. Los catalanes deben servir de carnaza amontonada para que los fantasmas de la historia tengan algo para distraerse mientras los castellanos de derechas y de izquierdas intentan rehacer las interioridades del pacto de la Transición que Catalunya ha puesto en evidencia.
Los catalanes no saben cómo afrontar la comedia de su incorporación a la nueva España porque la única alternativa que se les ocurre para defenderse de este fraude es la violencia. Los catalanes son el pecado original de España. Son vistos como una reliquia, una molestia, unos judíos de la vieja democracia europea. Sin libertad política, la presión sobre su legado —y su........
