La Corte más radical (y poderosa) de la historia
Uno de los errores más frecuentes —y más graves— de algunos críticos de la reforma judicial consiste en afirmar que la “nueva” Suprema Corte (SCJN) será irrelevante. Se ha dicho incluso que será un órgano monolítico, una simple oficialía de partes en la que todas y todos decidirán de la misma manera. Estas lecturas, me parece, confunden dos cosas distintas: la captura partidista y la irrelevancia institucional. No son lo mismo. Y confundirlas podría ser profundamente irresponsable.
Es cierto, desde luego, que la Suprema Corte ha muerto como contrapeso. Al menos a corto plazo, es prácticamente imposible que adopte decisiones contrarias a los intereses de la presidenta Claudia Sheinbaum o de la mayoría legislativa de Morena y sus aliados. La razón es tan sencilla como brutal: esa mayoría controla las dos terceras partes del Congreso y, con ello, tiene en sus manos un amplio repertorio de represalias. Puede iniciar juicios políticos contra ministros que se atrevan a comportarse como independientes; puede retirarles el fuero y someterlos a procesos penales —sobre todo ahora que una incondicional como Ernestina Godoy encabeza la Fiscalía General de la República—; puede incluso, si así lo decide, promover una nueva reforma constitucional para destituir a ministros incómodos y premiar a los leales.
Pero que la “nueva” Corte no funcione como contrapeso no........
