Mamá
Nadie le creía a mi mamá, ni yo, que ya se iba a morir. Su papá le puso Marcela por la pastorcita arrojada del Quijote, pero como lo suyo era la hipérbole –la bella manía de regalarnos su vida, el amor descomunal por todos y por todo– podía cometerse el error de tomársela como una pastorcita mentirosa: quién iba a creerle a semejante arcano mayor, a semejante protagonista tan recia y tan dulce, tan íntegra y tan compasiva, tan madre y tan hija, que sí se estaba yendo y tenía que irse ya. Tuvo humor en la enfermedad: “Quiero parecerme a mi hijo menor”, explicó, en pleno tratamiento, cuando empezó a caérsele el pelo. Su muerte fue desconcertante, aunque se acercara cada día, porque se veía digna y risueña. Su muerte fue la muerte de una niña de 78 años que todo el tiempo celebraba y reparaba a los demás.
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Desde la cama de la clínica se dedicó a contarles a los terapistas y las enfermeras su vida de novela. Contó que su padre, Alfonso Romero........
