Capitalismo racial: si hay un 15M.2, que sea antirracista
Opinión Capitalismo racial: si hay un 15M.2, que sea antirracista
El pasado 16 de septiembre seis familias eran desahuciadas en Badalona. Las imágenes mostraban a una mujer marroquí agarrada a sus hijos, desesperada, preguntándose dónde se iban a meter ahora. Unos días antes, en Ceuta, la violencia contra las personas migrantes seguía ocupando las calles y los campamentos improvisados en los que algunas de ellas intentaban resguardarse eran destruidos o quemados. La lógica de la invasión y de los invasores parece haberse asentado definitivamente y, cuando determinadas personas son construidas como una amenaza, la violencia ejercida contra ellas resulta mucho más fácil de justificar y se transforma en una respuesta coherente y posible.
El 23 de septiembre, pocos días después, Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que había vivido durante más de siete décadas en la misma vivienda, era desahuciada en Madrid. Durante semanas diferentes organizaciones habían intentado impedirlo y el dispositivo antidesahucios terminó dejando también imágenes de la violencia ejercida para sacar de su casa a una mujer de prácticamente 90 años. Su caso se convirtió rápidamente en un símbolo y, poco después, las protestas por la vivienda volvieron a ocupar las calles de Madrid. De ella supimos su nombre y su historia, de la madre marroquí no conocimos nada más. La manifestación del pasado sábado terminó además con la instalación de un campamento en Sol que inevitablemente remite a la acampada que, en 2011, convirtió una plaza en el centro de una movilización que terminó desbordando las formas tradicionales de protesta y organización política en España dando lugar al 15M.
No entraré a valorar qué condiciones hacen que Maricarmen se transforme en ese símbolo y no la mujer marroquí que unos días antes aparecía en las imágenes del desahucio junto a sus hijos. Tampoco pondré ahora el foco en todas las personas, muchas de ellas niños y niñas, que siguen en las calles de Ceuta sin un lugar donde alojarse, ni en la dificultad para que las demandas de las compañeras migrantes y racializadas sean incorporadas como parte de las luchas que se presentan como generales. Pero sí creo necesario preguntarnos qué puede ocurrir si la acampada de Sol termina convirtiéndose en el inicio de un nuevo ciclo de movilización alrededor de la vivienda. Lo que algunas ya denominan como un 15M 2.0. Y sobre todo, cómo tal movilización debe estar profundamente articulada con los movimientos antirracistas.
Las condiciones materiales llevan tiempo alimentando un malestar profundo. La vivienda se ha convertido para buena parte de las generaciones más jóvenes en una de las principales barreras para desarrollar una vida con unas condiciones mínimas de autonomía. Los precios del alquiler y compra se alejan cada vez más de los ingresos de una parte importante de la población y el acceso a una vivienda digna parece haberse convertido en uno de los principales conflictos sociales de nuestro tiempo. La esperanza de tener una vivienda propia parece que recae en la herencia, y por lo tanto solo la tienen quienes tiene la suerte del patrimonio familiar.
Pero el tema de la vivienda no afecta a todo el mundo de la misma manera. Se trata de entender que la propia crisis de vivienda se experimenta de forma racialmente desigual. Como ocurre con prácticamente cualquier otro derecho y recurso material, también está atravesada por la dimensión étnico-racial y el estatus de ciudadanía. Los datos disponibles permiten observarlo. En 2024, mientras el 70 % de la población española residía en una vivienda en propiedad, la proporción descendía al 23,9 % entre la población de extracomunitaria. En sentido contrario, el alquiler era la forma de tenencia predominante entre la población extracomunitaria. El 70,5 % se........
