menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

“Vivan las cadenas y mueran los negros”: clases populares y conservadurismo en la España contemporánea

4 1
04.01.2026

“Vivan las cadenas y mueran los negros” fue el grito de rebeldía de las clases populares —en el que las cadenas eran la alegoría del rey, y los negros la de los políticos liberales— contra las reformas liberalizadoras de las relaciones sociales impulsadas tanto desde las Cortes de Cádiz como desde la corte napoleónica de José Bonaparte en Madrid por los que fueron llamados afrancesados.

Estas reformas, que en realidad fueron una gran revolución que cambió las bases socioeconómicas de España, comportaron, especialmente a partir de los años 30 del siglo XIX, la abolición de los sistemas tradicionales de propiedad de la tierra mediante las desamortizaciones, la uniformización administrativa y fiscal, y la instauración del sistema de levas militares que arrebataba a las familias campesinas la mejor fuerza de trabajo cuando más la necesitaban. Para los liberales españoles, inspirados en los exitosos modelos económicos de los vecinos capitalistas europeos, estas medidas constituían un programa de modernización necesario para crear un mercado nacional y desmontar los “obstáculos feudales” al progreso (léase capitalismo).

Sin embargo, la historiografía agraria ha mostrado cómo estas transformaciones tuvieron efectos profundamente desestabilizadores en las comunidades rurales. La desposesión de las tierras y la pérdida de bienes comunales (montes, pastos, leñas, aguas, veredas, rutas de trashumancia, etc.) empobreció a las economías campesinas —prácticamente toda la nación— totalmente dependientes de recursos “no privados o no privatizados”. Asimismo, la sustitución de contribuciones tradicionales (en productos agrarios) por impuestos monetarios afectó gravemente a los campesinos, poco o nada integrados en la economía mercantil o monetaria.

Las clases populares españolas se rebelaron contra las políticas liberales y, carentes de un pensamiento político moderno, entendieron que era mejor conservar lo que ya se tenía (más vale malo conocido que bueno por conocer, dice el refrán). Además, el pensamiento político campesino no percibía el sistema establecido como “malo” o “injusto”; eran los señores, los ministros o los administradores los que “gobernaban mal”, quedando el sistema, representado por la figura del rey, al margen de la percepción cotidiana de la injusticia.

Ante el “desorden” que provocaban en las estructuras básicas de la vida campesina los liberales “que gobernaban” (los negros), se invocaba la vuelta del Rey, de ahí la metáfora de las “cadenas”, con el fin de conservar lo que se tenía y conocía. Ese es el motivo de tan desesperado grito de rebeldía de las clases populares españolas que la historiografía liberal (burguesa y capitalista) ha presentado siempre como el grito de la España negra y cutre que rechazaba la libertad, “pedía la esclavitud” y nunca supo valorar el esfuerzo de los liberales por traernos las “luces” europeas.

Más adelante, las clases populares, huérfanas de teoría política, abrazaron el carlismo —lo que explica su perdurabilidad durante décadas— sin entender realmente lo que representaba, pero identificándolo en su imaginario como un movimiento campesino-tradicionalista que combinaba defensa de la comunidad, resistencia a la centralización estatal, oposición a la mercantilización de recursos, preservación de identidades culturales y religiosas, y rechazo de la atomización social y del individuo. En definitiva, rechazo del capitalismo y de la sociedad liberal burguesa. Entender esta relación es fundamental para interpretar el siglo XIX español y nuestra última guerra civil de 1936-1939 (en gran medida, la última guerra campesina de Europa) y, en definitiva, la evolución de la cultura política española contemporánea.

*  *  *

Según Marx, era imprescindible e........

© El Salto