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Pan con diablito y mantequilla

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03.07.2019

Mi padre, como muchos extranjeros, llegó a Venezuela a principios de los años cincuenta del siglo XX. A pesar de ser muy joven, participó en la Segunda Guerra Mundial de forma activa, porque como italiano que era, estaba enfrascado en dos frentes: por un lado, luchaba contra el fascismo de Benito Mussolini como partisano y, por el otro, contra la ocupación alemana, que tenía pasando hambre y penurias a toda Italia.

Finalizado el conflicto en 1945, Europa se debatía en una recuperación por todo el desastre producido debido a años de conflagración. Muchos pudieron reinsertarse de nuevo en la vida productiva de los países devastados; otros, como papá, se vieron obligados a ver más allá de las fronteras transalpinas.

La mayoría de los jóvenes buscaban destinos para emigrar. Ya el gigante del norte de América había cerrado sus fronteras; por ende, ese destino era para muchos italianos inalcanzable; por tanto, unos optaron por ir a Alemania, ya que el Plan Marshall, oficialmente llamado European Recovery Program, iniciativa de Estados Unidos para ayudar a Europa Occidental, iba a generar mucho empleo por la inyección de una gran cantidad de dinero para la reconstrucción; otros optaron por ir a Argentina, como mi tío Pietro, uno de los hermanos de mi padre; una gran cantidad se fueron a Brasil, y los más osados, a Australia, como mi tío Gaetano.

Sin embargo, surge entonces una nueva opción en el panorama internacional: Venezuela. Durante los años de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez comenzó un proceso de migración selectiva, para absorber a todo ese potencial humano que quedaba a la deriva debido a las escasas fuentes de empleo que había en el continente europeo.

Durante los años cincuenta llegaron al país miles de personas, de........

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