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La democracia no se entrega en nombre de la seguridad

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La libertad de Chile necesita algo todavía más importante: que ningún gobierno llegue jamás a ser más poderoso que los límites que la democracia le impone.

Una democracia debe defenderse no solo de quienes quieren destruirla, sino también de quienes aseguran querer salvarla.

El crimen organizado es una amenaza real. El narcotráfico debe ser combatido con toda la fuerza legítima del Estado. Precisamente por eso resulta tan peligroso utilizar el miedo de los ciudadanos para alterar las reglas que limitan el poder.

La reforma constitucional impulsada en materia de seguridad merece una oposición severa. No porque queramos un Estado débil, sino porque queremos un Estado fuerte dentro de una democracia fuerte.

Aquí comienza el problema.

La seguridad ya es una obligación del Estado. No necesitamos reformar la Constitución para descubrir que debe protegernos. Lo verdaderamente relevante de esta reforma está en otra parte: en las nuevas habilitaciones de poder, en la ampliación del espacio de excepción, en el fortalecimiento del Ejecutivo y en el riesgo de extender progresivamente la intervención militar en asuntos de seguridad interior.

Y entonces aparece una pregunta elemental: ¿Por qué una amenaza permanente debe enfrentarse constitucionalizando poderes extraordinarios?

El crimen organizado, desgraciadamente, no terminará el próximo martes. Es un fenómeno persistente. Si su existencia basta para activar mecanismos excepcionales, la excepción puede durar tanto como aquello que pretende combatir.

Y cuando la excepción se vuelve permanente deja de ser excepción. Ese es exactamente el punto que debiera inquietar a........

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