Celebración, tragedia e impunidad
Estados Unidos no puede intervenir en Venezuela a menos que los venezolanos se lo permitan. En este punto, la preocupación primera y absoluta debe ser la de evitar una guerra civil y en lo posible cualquier forma de enfrentamiento armado.
Se puede estar aliviado por la salida de Maduro y agobiado por la forma en que fue sacado de escena.
El usurpador ha sido secuestrado. La mayor liviandad con que podemos describir el primer impacto recuerda el viejo dicho de “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. En el romance de los antiguos ladrones no había violencia sino arte. Las cosas se han complicado en la medida que hay Estados que, imitando los métodos de las mafias, secuestran a sus rivales, destruyen a sus familias y se toman su territorio. El crimen, organizado por los Estados, nos retrotrae a épocas de inseguridad masiva, anteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Uno no puede sino felicitarse de que la acción, comparativamente, haya sido “limpia”. Maduro era un impostor y un violador de derechos humanos. Sin embargo, lo que ha sucedido hoy no termina nada. Con suerte se iniciará un proceso de transición a la democracia. Nadie que no sean los propios venezolanos puede resolver el conflicto político en el que están envueltos. El resto de los países puede apoyar de múltiples maneras en este desafío que recién comienza.
Los anuncios de Trump sobre “administrar Venezuela” sin olvidar su petróleo, marcan una situación diferente, en la que ya no solo se secuestra al jefe enemigo, sino que se alardea sobre el manejo de la política interna venezolana. Cualquier arreglo forzado por Estados Unidos está destinado a fracasar. Son demasiadas las divisiones,........
