La política de la irreflexión
Thomas Mann lo captó con lucidez en Doctor Faustus, cuando pone en boca del demonio una frase reveladora: “No es la crítica lo que nosotros promovemos; eso lo hace Dios, que tanta importancia da a la razón. Lo que nosotros buscamos es la espléndida irreflexión”.
Desde hace años se repite que la política se ha convertido en una disputa de “relatos”. Este fenómeno es el síntoma de una transformación profunda: el colapso de los partidos burocráticos de masas y de las identidades políticas estables que estos construyeron durante el siglo XX.
Aquellos partidos ofrecían marcos ideológicos coherentes, trayectorias reconocibles y una lealtad electoral que no dependía de estímulos emocionales inmediatos. Cuando esa estructura se desmoronó, muchos supusieron que sería reemplazada por un electorado más reflexivo e informado. Eso no ocurrió.
En lugar de una ciudadanía deliberativa, emergió una política que prioriza las emociones no como componente legítimo del juicio político, sino como sustituto de cualquier proyecto colectivo articulado. El vacío dejado por la crisis de un modelo de partido burocrático e ideológico fue llenado por afectos reactivos: indignación,........
