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Llegaron las lluvias y… ¿ahora sí estamos listos?

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El año pasado, la Ciudad de México vivió una temporada de lluvias extremas: más de 750 milímetros en apenas siete meses, con récords por día, por mes y por intensidad.

El resultado fue visible: vialidades inundadas, viviendas afectadas, vehículos atrapados, presas desbordadas, socavones y árboles caídos.

No fue sólo la lluvia; fue una prueba de estrés que exhibió los límites del sistema de drenaje. El famoso Plan Tlaloque llegó tarde, la respuesta fue insuficiente y la coordinación falló. Hoy, con una nueva temporada en puerta, la pregunta es inevitable: ¿estamos mejor preparados?

El gobierno asegura que sí. Para 2026 anunció una inversión histórica de 19 mil millones de pesos en el sector hídrico, más obras y mayor capacidad operativa. Pero el problema no es si hay más acciones, sino si esas acciones alcanzan frente a un fenómeno que ya no es excepcional, sino recurrente.

El dato clave está en el desglose. De esos 19 mil millones, apenas alrededor de 5 mil millones se destinan directamente al drenaje, que es el sistema que colapsa cuando llueve. La brecha es evidente: especialistas estiman que la ciudad requiere entre 110 mil y 150 mil millones de pesos sólo para rehabilitar su red de drenaje en los próximos años. Con el presupuesto actual, se está cubriendo apenas una fracción mínima del problema. Incrementar la inversión es positivo, pero está lejos de ser suficiente.

A esto se suma un desafío estructural: más del 60% de la red secundaria ha superado su vida útil y cerca del 40% de la red primaria presenta daños o pérdida de pendiente. El sistema no solo es viejo, está deformado por el hundimiento diferencial del suelo, que en algunas zonas alcanza decenas de centímetros por año. Eso convierte cualquier esfuerzo de desazolve en una medida necesaria, pero insuficiente.

En el frente operativo hay avances: este año el gobierno tiene una meta de mil 200 kilómetros de desazolve, una flotilla de váctors que pasó de cerca de 40 a una capacidad proyectada de hasta 60 o 70 y más de 200 unidades en campo. También aparece una apuesta distinta: la llamada acupuntura hídrica, que busca infiltrar el agua en lugar de expulsarla. Es un cambio de paradigma correcto, pero aún incipiente: el programa reportó avances cercanos al 20 por ciento.

Mientras tanto, las zonas que se inundaron en 2025 siguen siendo vulnerables: Iztapalapa e Iztacalco por hundimiento;, Gustavo A. Madero por saturación; Tláhuac y Chalco por desbordamientos; Álvaro Obregón por escurrimientos naturales y vialidades críticas que el año pasado registraron tirantes superiores a 60 centímetros. La ciudad reacciona mejor, pero sigue sin anticiparse del todo.

¿Estamos listos? La respuesta es incómoda: mejor preparados, sí; suficientemente preparados, no. El problema no es que la ciudad no esté haciendo nada, sino que lo que está haciendo no alcanza frente al tamaño del reto.

Por eso, más allá de anuncios, la urgencia es otra: transparentar el estado real del sistema de drenaje y dimensionar con claridad la inversión que se necesita. Ya lo vimos en otro frente: el llamado “presupuesto histórico” del Metro que, al desmenuzarse, resultó insuficiente para atender rezagos acumulados. Con las lluvias extremas puede pasar lo mismo.

Si el año pasado fue una advertencia, este debería ser el año de las decisiones. Porque cuando la lluvia supera al sistema, lo que está en juego no es la narrativa, es la ciudad.


© El Heraldo de México