Pagar mal no es un buen negocio
Durante años se repitió como verdad absoluta que subir el salario mínimo era un peligro. Que hacerlo provocaría inflación, que todo se volvería más caro, que desestabilizaría y que ahuyentaría la inversión extranjera. Esta idea se repitió tanto que dejó de discutirse: se convirtió en un mito impuesto como verdad, en uno de los pilares del pensamiento económico neoliberal.
La premisa era clara: si se generaba riqueza arriba (para grandes empresas, corporaciones y sectores financieros), esa prosperidad eventualmente “gotearía” hacia abajo. Primero crecer, después repartir. Primero atraer capital, después pensar en las personas, pero en la práctica, ese “goteo” nunca llegó.
Por décadas, se siguió al pie de la letra el libreto propuesto por el norte global y Milton Friedman, en el que los salarios eran un costo y no un derecho, obligando a millones de personas a trabajar jornadas completas sin poder cubrir lo básico. Se normalizó que el crecimiento económico coexistiera con salarios de miseria. La precariedad laboral no fue una anomalía: fue parte del diseño. La pobreza dejó de verse como un problema a resolver y pasó a asumirse como un “mal necesario”. Un sacrificio aceptable para mantener la competitividad y las ganancias de unos cuantos.
Ese paradigma comenzó a romperse en 2018: desde entonces hasta la actualidad, el salario mínimo ha........
