Noche blanca
Mi papá se dedicó toda su vida al noble oficio de escribir. Un día me contó que decidió su vocación en la primera infancia, porque mi abuelo, Don Luis, cuando mi papá tenía 5 o 6 años, lo llevó por primera vez al centro de Chihuahua para hacer las compras del hogar y recordaba que, en la plaza, se detuvieron varios minutos a observar con asombro a un cuate que tenía un trabajo muy raro: escribir.
Era la mitad del siglo XX. Aquel escribano todos los días desplegaba con diligencia su equipo para comenzar la faena. Montaba su oficina al aire libre, colocaba un pequeño escritorio secretarial de metal, una silla de madera y una máquina de escribir marca Olympia, modelo SM2 y, a un lado, estaba flanqueado por un anuncio publicitario en forma de tijera que advertía a los parroquianos sus servicios: "Se redacta todo tipo de cartas y documentos", se podía leer. El negocio era conocido como un "Escritorio Público".
El trabajo técnico-intelectual era una maravilla en la naciente década de los cincuenta; era una auténtica novedad que ¡se podía vivir de escribir!
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Don Luis hacía énfasis en la escena: "Fíjate bien —le decía a mi papá—, ese señor no se ensucia en las labores del campo, no suda, no anda en el sol, ni se despeina; con su 'maquinita' se gana la vida", decía el viejo al tiempo que imitaba el movimiento de los dedos apachurrando teclas en el aire.
El abuelo dedicó toda su vida al trabajo en la agricultura. Don Luis llegó a Chihuahua cuando era un adolescente; mi tía Avelina contaba que Papá-Juan, el papá de Don Luis, había formado una familia en Jerez, Zacatecas y, por ahí de los años veinte, migró hacia el norte esperando encontrar un mejor futuro. Papá-Juan era hijo de españoles, pero no de los que llegaron a colonizar; más bien eran de los jornaleros que trajeron a las labores agrícolas. Don Luis y sus hermanos solo heredaron marginación........
