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¡Viva la clase obrera! ¡Muera la revolución!

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Si algo contribuyó a la difusión planetaria de las doctrinas marxistas y de las izquierdas en general fue sin duda el aval moral que las acompañaba. Se daba por sobrentendido que un hombre de izquierda era intachable, y en consecuencia una garantía por encima de cualquier sospecha. Así fue prácticamente en toda la izquierda latina, hombres entregados a sus ideales hasta la muerte. Pensar que un socialista se llenara los bolsillos a propósito de su posición dirigencial, merecía sin la menor duda el paredón, empero, los tiempos han cambiado.


Hoy en día, el discurso de la izquierda clásica, esa que adora al Che, sostiene que sus luchas obedecen a la urgencia de lograr una sociedad en que prime la igualdad, la justicia social, la equidad en todos los órdenes de la existencia inscritas en principios morales y éticos innegociables. Nos dicen que una sociedad sin obreros ni burgueses, sin explotados ni explotadores, es, en última instancia, el objetivo central de la lucha y el ideario epocal de la clase obrera. Construir una sociedad sin ricos ni pobres, sin clases, sin distinciones, sin exclusión y sin explotación es el óptimo posible de sus luchas. Ante este objetivo, todo ciudadano con dos dedos de frente no tiene más que exclamar ¡Viva la clase obrera! Hagamos la Revolución.


Resulta, sin embargo, que el máximo dirigente de la COB, por ejemplo, percibe salarios 24 veces más altos que el salario mínimo nacional,........

© El Deber