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El dólar de la verdad y el caudillo de la repetición

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01.07.2026

Hay semanas en las que un país no discute solamente medidas económicas ni episodios políticos aislados. Discute, aunque no siempre lo sepa, su relación con la verdad. Algo de eso ocurre hoy en Bolivia con la entrada en vigencia del tipo de cambio flexible y con las nuevas apariciones de Evo Morales en el escenario nacional. A primera vista, ambos asuntos parecen pertenecer a mundos distintos: uno a la economía, otro a la política. Pero quizá expresan el mismo problema de fondo: la dificultad de una sociedad para abandonar sus ficciones.

Durante años, el dólar oficial fue más que una cifra. Fue una promesa. El 6,96 no representaba solamente una relación cambiaria; representaba la idea de que la estabilidad podía mantenerse por decreto, que la realidad podía ser contenida detrás de una pantalla administrativa, que el mercado paralelo era una anomalía incómoda y no el síntoma de un desgaste más profundo. Muchas familias, empresas y trabajadores sabían que algo no encajaba, porque la vida diaria lo decía antes que los informes: faltaban dólares, se encarecían productos, se restringían operaciones, se multiplicaban cálculos informales y cada compra importante exigía preguntar por un precio que ya no cabía en la ficción oficial.

La flexibilización del dólar, entonces, no es solo una decisión técnica. Es el momento en que el Estado reconoce que la realidad no puede seguir siendo negada. Y ese reconocimiento tiene un costo. La verdad casi siempre lo tiene. Puede afectar precios, expectativas, ahorros, deudas, salarios, contratos y temores. Pero la mentira prolongada también tiene costos, y suele cobrarlos de manera más cruel: en incertidumbre, especulación, privilegios para quienes acceden primero a la información y castigos para quienes solo tienen su trabajo como defensa.

Una de las preguntas centrales no es si Bolivia necesitaba o no ajustar su régimen cambiario. La pregunta más profunda es quién pagará el precio de haber sostenido durante tanto tiempo una apariencia de estabilidad. Porque no basta con decir “flexible” para que una economía se vuelva justa. La flexibilidad puede ser una forma de sinceramiento, pero también puede convertirse en una manera elegante de trasladar el costo de los errores acumulados a los........

© El Deber