Las remesas sostienen economías, pero vacían hogares
Enfoque Internacional | José Luis Sampietro Saquicela - Latinoamérica21 | 2026-04-09 00:45:55
Más de 43 millones de latinoamericanos viven fuera de sus países, casi el doble que en los años noventa. Esto implica que uno de cada siete migrantes del mundo proviene de América Latina y el Caribe. Millones de personas emigran en busca de oportunidades que sus economías no pueden ofrecer. Desde Estados Unidos hasta Europa, quienes logran establecerse envían dinero a sus familias, convirtiendo a las remesas en uno de los flujos financieros más relevantes de la región.
Según el Banco Mundial, en 2023 América Latina y el Caribe recibieron más de 155.000 millones de dólares en remesas, una cifra récord. En algunos países representan más del 20% del PIB. Sin embargo, reducir la migración a cifras económicas es insuficiente. Las remesas sostienen el consumo, pero no reemplazan la presencia de quienes se han ido. En muchos hogares, el dinero llega con regularidad, pero la vida cotidiana gira en torno a una ausencia constante.
Este fenómeno ha dado lugar a las llamadas familias transnacionales: núcleos dispersos entre países que mantienen vínculos a distancia. Padres que trabajan en el exterior mientras sus hijos crecen con abuelos o tíos, parejas separadas durante años y niños que ven a sus padres solo en vacaciones. UNICEF estima que entre el 7% y el 21% de los menores en la región viven con al menos uno de sus padres en el extranjero. Aunque los ingresos mejoran, la separación prolongada suele generar efectos emocionales negativos como ansiedad, inseguridad o sentimientos de abandono.
Estas consecuencias no siempre aparecen en las estadísticas, pero inciden en el desarrollo de niños y adolescentes. La supervisión disminuye, el acompañamiento escolar se debilita y la autoridad afectiva del hogar se fragmenta. La escuela pierde a su principal aliado: la familia. Diversos estudios muestran que los hogares con migración parental enfrentan mayores dificultades de seguimiento educativo, especialmente en contextos vulnerables.
También cambia el horizonte de expectativas. En muchas comunidades, el mensaje ya no es “estudia para progresar aquí”, sino “estudia para poder irte”. La migración ha dejado de ser una excepción y se ha convertido en una estrategia familiar. Para generaciones anteriores, el progreso se construía dentro del propio país; hoy, para muchos jóvenes, el éxito está asociado a emigrar.
Una de las consecuencias más preocupantes es el impacto en la salud mental. UNICEF estima que los trastornos mentales en jóvenes generan pérdidas económicas superiores a 30.000 millones de dólares anuales en la región. Aunque las causas son múltiples, la fragmentación familiar es un factor relevante. La ausencia prolongada de figuras parentales afecta la estabilidad emocional y la capacidad de construir redes de apoyo.
En contextos marcados por pobreza, desigualdad y violencia, esta fragilidad incrementa los riesgos sociales. Si bien la relación entre migración y delincuencia no es directa, la falta de supervisión familiar puede aumentar la vulnerabilidad de los jóvenes, especialmente en barrios donde el Estado es débil y las economías ilegales ofrecen ingresos rápidos. América Latina registra tasas de homicidio cercanas a 18 por cada 100.000 habitantes, tres veces el promedio global, y una alta proporción está vinculada al crimen organizado.
En este entorno, las organizaciones criminales reclutan jóvenes para tareas como vigilancia, transporte de drogas o mensajería. La familia, cuando está presente, actúa como una barrera clave frente a estos riesgos. Cuando se debilita, esa protección disminuye. Las pandillas ofrecen pertenencia, reconocimiento e ingresos inmediatos, elementos especialmente atractivos para adolescentes en contextos de abandono.
Por ello, el debate sobre migración debe ampliarse. Durante años se ha centrado en fronteras, regularización o impacto económico. Sin embargo, en muchas comunidades rurales y urbanas, una generación crece con presencia parental intermitente. El resultado es una forma distinta de infancia y adolescencia.
América Latina enfrenta un dilema complejo. La migración seguirá siendo una válvula de escape para economías que no generan suficientes oportunidades. Pero su costo social se refleja cada vez más en la cohesión familiar, la educación, la salud mental y la seguridad. La región necesita medir la migración no solo en dólares enviados, sino también en vínculos perdidos. Porque si bien las remesas sostienen economías, son las familias las que sostienen a las sociedades.
