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¿Por qué nos cuesta confiar en los demás?

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friday

¿Tú confías en la gente? No en general. En la persona que se sienta a tu lado en el autobús. En quien te atiende en una tienda. En el compañero de trabajo. En el desconocido que hace cola contigo en el supermercado. Es una pregunta sencilla. Piénsalo un segundo.

Durante muchos años, la mayoría de la gente habría respondido que sí. Hoy, no tanto. En Estados Unidos, hace 50 años, casi la mitad de la población creía que, en general, se podía confiar en los demás. Hoy lo piensa solo 3 de cada 10 personas, según datos del Pew Research Center. Y no es algo exclusivo de Estados Unidos: cuando se amplía la mirada a más de 30 países, los resultados son muy parecidos. No estamos ante una curiosidad estadística. Es un cambio profundo en la forma en que nos miramos y nos relacionamos.

Cuando la confianza deja de ser el punto de partida, algo cambia en nuestra sociedad. Empezamos a ir con más cuidado. A protegernos antes de escuchar. A sospechar antes de comprender. Y ese clima no se queda en los grandes debates políticos o sociales. Se cuela en lo cotidiano, en los gestos pequeños, en cómo miramos a los demás y en cómo interpretamos sus decisiones.

Ahí es donde aparece la envidia. Aparece cuando dejamos de interesarnos por el camino del otro y nos quedamos solo con el resultado. Vemos el cuerpo, pero no la disciplina; el logro, pero no las renuncias; la serenidad, pero no las noches difíciles. Juzgamos el peso, la imagen, la ropa, el pelo, si alguien bebe o no bebe, si se cuida demasiado o demasiado poco, como si la vida fuera una foto fija y no una suma de esfuerzos que no se ven. Cuando alguien destaca, incomoda. Cuando persevera, molesta. Cuando llega, se pone en duda. Y así vamos perdiendo algo importante: el respeto por el trabajo silencioso y por quienes avanzan paso a paso con mucho sacrificio.

La envidia casi nunca se presenta como tal. Suele colarse en forma de comentario, de ironía suave, de una pregunta lanzada al aire. Aparece cuando alguien decide no beber en una cena y el resto necesita justificarse. Cuando alguien cuida su cuerpo y se le acusa de obsesión. Cuando alguien engorda y se le atribuye dejadez. Cuando adelgaza y se sospecha. Da igual lo que hagas: siempre hay un juicio preparado. Porque lo que incomoda no es tanto la decisión del otro como lo que esa decisión nos devuelve sobre nosotros mismos.

Vivimos comparándonos. Con lo que otros tienen, con lo que muestran, con lo que aparentan. Las redes sociales han hecho que esa comparación sea casi constante. Deseamos lo que no tenemos mientras dejamos de prestar atención a lo que sí. Confundimos valor con visibilidad, éxito con acumular, bienestar con aprobación externa. Y en ese proceso dejamos de reconocer algo esencial: el esfuerzo ajeno. Reconocerlo no es fácil, porque implica aceptar que el........

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