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Del oráculo al algoritmo

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Del oráculo al algoritmo

Reyes y ciudadanos comunes visitaban en la antigüedad el Oráculo de Delfos buscando respuesta a sus preguntas.

Al entrar al santuario, un cartel con un “conócete a ti mismo” advertía que el verdadero desafío no era escuchar al oráculo, sino saber preguntar.

Cuentan que el rey Creso de Lidia consultó el Oráculo antes de ir a la guerra contra Ciro el Grande.

Su pregunta: ¿qué pasaría si cruzo el río Halys para atacar a Persia? El Oráculo le respondió: “Si cruzas el río, destruirás un gran imperio”. Creso cruzó el río y el imperio destruido fue el suyo.

La respuesta no fue el problema; la pregunta, sí. Porque una mala pregunta, incluso frente a un dios, solo obtendrá una mala respuesta.

Y si en los días del oráculo era importante saber preguntar, en la era de la inteligencia artificial —en la que nunca fue tan fácil obtener respuestas— saber preguntar es primordial.

Hoy la inteligencia artificial nos responde, pero responde a lo que se le pregunta; ahí comienza nuestro verdadero examen.

Una pregunta vaga produce una respuesta vaga; una pregunta superficial genera pensamiento superficial; una pregunta sesgada confirmará prejuicios.

La máquina nunca sustituirá nuestra inteligencia: la expone. Sus respuestas son, y serán, el espejo de nuestras preguntas.

Hace años, Mario Benedetti escribió: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto nos cambiaron las preguntas”; tesis que podría reescribirse hoy así: “Cuando el mundo adquirió todas las respuestas, descubrimos que habíamos olvidado cómo hacer las preguntas”.

Ahora queda demostrado, más que nunca, que no somos las respuestas que obtenemos, sino la calidad de las preguntas que nos atrevemos a hacer.


© Diario Occidente