¿Usted quien cree que merece una curul?
Por: Juanita Tovar Sandino
Este 8 de marzo, los colombianos tenemos una cita ineludible con la democracia. Pero no se trata solo de depositar un tarjetón en una urna; se trata de definir el rumbo de una institución que ha perdido su brújula. Nos enfrentamos a la tarea urgente de elegir un buen Congreso, uno que esté a la altura de la cotidianidad nacional y que rescate la majestad normativa que alguna vez distinguió a nuestro parlamento.
En el cuatrienio que termina, el Legislativo ha enfrentado el enorme desafío de contener, desde el equilibrio de poderes, ciertas posiciones del Ejecutivo. Ha sido un muro de contención necesario, pero no suficiente. La función del Congreso no puede reducirse a ser un simple contrapeso; su esencia es ser el faro de los destinos de la nación, el escenario donde se forjan las leyes que rigen nuestra vida en común. Y para ello, se requiere algo más que mayorías circunstanciales o reflejos opositores: se necesita altura intelectual, solvencia ética y, sobre todo, un profundo respeto por la dignidad del cargo.
Lamentablemente, el brillo de la elegancia jurídica y técnica que durante décadas labró el prestigio del parlamento colombiano se ha ido opacando. Hubo un tiempo, en las décadas de los 60, 70 y 80, en que el Congreso era la casa de los más nobles juristas y profesionales. Nombres como los de Álvaro Gómez Hurtado, cuya pluma y oratoria eran armas cargadas de futuro; Carlos Lleras Restrepo, cuya visión económica y constitucionalista marcó rumbos; o Raimundo Emiliani Román, quien desde la curul irradiaba una inteligencia serena y humanista, engalanaban las sesiones. Eran debates de tesis, de argumentos, donde la palabra era un instrumento de construcción y no de destrucción. En esas aulas de la democracia se respetaba la majestad de la investidura porque quienes las ocupaban entendían que el lenguaje soez y la bravuconería eran antónimos de la política.
Sin embargo, la Constitución de 1991, en su loable afán de democratizar el acceso a la política y en virtud del principio de igualdad, estableció que cualquier ciudadano puede ser legislador. Y es un principio justo. Pero lo que la norma no puede prever es que, para llegar a estas dignidades, no basta con tener seguidores, popularidad efímera en redes sociales o la capacidad de hacerse viral con un insulto. El derecho al acceso no implica la ausencia del deber de idoneidad. Hemos confundido la tribuna parlamentaria con un ring de catch y la solemnidad de la función legislativa con un escenario de reality show.
Hoy, nuestro Congreso es, con frecuencia, una tribuna de insultos desaforados, donde se reclama del otro justamente lo que se carece: respeto y decencia. Esta crisis de liderazgo, que tanto aqueja al país, parte de una premisa sencilla pero letal: estamos premiando la bravuconería digital y castigando la reflexión profunda. Hablé hace poco con un docente universitario que ha participado en cursos de inducción para nuevos congresistas. Con un pesar que le quebraba la voz, me confesó que entre los padres de la patria hay legisladores que a duras penas han leído un libro completo en su vida. ¿Cómo pretendemos que de esas curules surjan soluciones estructurales para la educación, la salud o la paz, si quienes las ocupan carecen de las herramientas básicas para comprender la complejidad del país?
El problema no es solo de formación, sino de comprensión del rol. El liderazgo en sede legislativa ha mutado: lo que antes era un ejercicio de persuasión y argumentación hoy es un ring donde brillan más las atrocidades verbales que las propuestas viables. La política, esa noble ciencia de construir lo público, ha sido reemplazada por el espectáculo de la grosería, un espejo deforme de una sociedad que a veces confunde el exabrupto con la firmeza y la ignorancia con la autenticidad.
Por eso, el 8 de marzo es mucho más que una jornada electoral. Es la oportunidad de decir basta. Debemos volver a un Congreso con líderes que protagonicen la altura de la majestad normativa, que usen un lenguaje apropiado y legislen sobre la base de la construcción académica, legal y, sobre todo, del respeto. No se trata de una élite ilustrada alejada del pueblo, sino de representantes que, con preparación y decencia, puedan traducir las necesidades populares en leyes justas y perdurables.
No podemos permitir que la función parlamentaria se siga banalizando. Escojamos bien. Examinemos las hojas de vida, los debates, la trayectoria. Exijamos propuestas y no gritos. Busquemos ideas y no groserías. En nuestras manos está la posibilidad de reconstruir un Legislativo que, como en sus mejores épocas, sea un faro de conocimiento y un ejemplo de civilidad. La cita es este 8 de marzo. No se trata solo de votar; se trata de dignificar la democracia. ¿Usted quien cree que merece una curul?
