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El pregón de Carlos Colón

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25.03.2026

25 de marzo 2026 - 03:08

Aún no se han acallado los ecos del espléndido pregón de José Antonio Rodríguez, pero permítanme acordarme hoy del de Carlos Colón, del que ayer se cumplieron treinta años. Si hay pregones que, por su calidad e impacto, pueden calificarse como generacionales, en el sentido de ser capaces de representar una forma de relacionarnos con este fenómeno único, culto y popular a la vez, que es la Semana Santa de Sevilla, para muchos de mi edad fue aquel de 1996. Tuvo el pregón de Carlos Colón dos virtudes, en la forma y en fondo. En la forma, su novedoso enfoque de plantear las memorables descripciones desde una visión espacial propia de la técnica cinematográfica, que tanto conoce, le permitió adentrarse en los sentimientos del cofrade sin necesidad de recurrir al socorrido romance sensiblero. La sensación que nos queda cuando entra La Soledad, y volvemos casa “pisando cera sobre la que no caerá otra cera…”; la impresionante recreación del amanecer de los pasos en San Juan de Palma; o el despertar radiante al Domingo de Ramos, con el sol dejándose caer por las espadañas… estampas expresadas en un texto que bien podría ser (y en verdad lo había sido, en la célebre cinta de Gutiérrez Aragón producida por Juan Lebrón) un guion de película. Y en el fondo, explorando terrenos hasta entonces ignotos, como el calendario litúrgico anual de la ciudad; o citando con valentía a intelectuales hoy muy recordados, pero entonces descartados por la oficialidad (Cernuda, Cansinos Assens…). Todo ello unido a un conocimiento vastísimo de las religiones (la huella de Tánger, como alguna vez le dijo el Cardenal Amigo) que le dieron al discurso un tono intelectual que, en general, no se ha vuelto a repetir.

Como todos, tuvo sus críticas, pues entre otras evoluciones renunció a esa pesada costumbre de tener que nombrar a todas las hermandades (la mía entre las omitidas, que conste), cimentando su visión de la Semana Santa en unas pocas advocaciones; e incluso tuvo que soportar ciertas miserias de la ciudad en forma de boicot absurdo, que no siempre todo pasado fue mejor. Pero al final lo que quedó fue un texto extraordinario, a la altura de las mejores obras escritas sobre nuestra Semana Santa y que yo recomiendo, treinta años después, para leerla con detenimiento en esta semana de pasión, “qué nombre tan extraordinario para esta consunción en la espera”.

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