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Amparo, más de un siglo de devoción

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31.03.2026

31 de marzo 2026 - 04:00

La Semana Santa se asienta en tres pilares maestros: la fe, el sentimiento y la memoria. Las cofradías mantienen vivos a los seres queridos perdidos. Es el poder de las imágenes, que está por encima de modas, excesos, desbarres y ocurrencias. Son las imágenes sagradas las que hacen posible sentir que siguen con nosotros quienes un día nos las descubrieron y nos educaron en el amor a la fiesta más hermosa, quienes nos enseñaron ritos particulares, quienes nos hicieron fuertes para superar adversidades al legarnos el asidero de valores como la fe. Hoy es Martes Santo en esa colina de la calle Mateos Gago donde el Cristo de las Misericordias recibe con los ojos bien abiertos, que ya los llevará cerrados en la dulzura de su Buena Muerte en la Universidad. Hoy es el primer Martes Santo sin doña Amparo Carvallo, hija de Pepe Carvallo, prioste perpetuo de Santa Cruz. Ella murió esta cuaresma a los 103 años con la serenidad que marcó su existencia. La recordamos con los lirios del Señor en sus manos, en la compañía de sus hijos Manuel, José María y Bruno; en el pregón y en los artículos de su nuera, Charo Padilla; en las historias y anécdotas que siempre nos han contado sus familiares.Ellos saben que hoy es el día, la cita, la tarde de cera roja, el silencio de la alcazaba, las oraciones al pie de la cruz, la cima coronada de una calle que conduce al cielo, el privilegio de rezar al mismo rostro que lo hizo su madre durante más de un siglo.

La verdad de la Semana Santa está en esa capacidad de mantener presentes a quienes ya partieron. No es una mera transmisión automática de valores, no es una tradición por la tradición, una repetición mimética; es la creencia, la convicción y la seguridad de que en la cofradía de los antepasados reside lo único que deja un ser humano en este mundo: el amor. “En el atardecer de nuestra vida, seremos juzgados en el amor”, reza San Juan de la Cruz. ¡Cómo no va a estar Amparo en el rostro del Cristo de las Misericordias! Ella era la bondad personificada, la expresión de la dulzura y la fuerza de la ternura. Era de esa generación de mujeres criadas en la dureza, el sacrificio y la ausencia absoluta de quejas. La hermana de las Misericordias, puro Martes Santo, tuvo la bendición de la buena muerte. La Semana Santa es una fiesta que se espera con gozo, se vive con fervor y en la que participan vivos y difuntos. Un día será Martes Santo, no estaremos, pero a los pies del crucificado quedarán los claveles y lirios del amor que hayamos dejado. Las flores de Amparo, la madre de los Marvizón, están hoy a los pies de las Misericordias. En su rostro divino están más de cien años de plegarias. Es el poder de la imagen, la piedra angular de la Semana Santa.

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