"Hay algo de patológico en esta obsesión por aligerar todos los procesos para llegar antes a la meta y librarnos de esfuerzos y sacrificios, por livianos que sean"
Te empiezas a dar cuenta de que perteneces a otra época cuando te niegas a tomar alguno de los atajos que te ofrece el GPS. No estás dispuesto a renunciar a la ruta acostumbrada por ganar un par de minutos y ahorrar unos céntimos de combustible. Hay algo de patológico en esta obsesión por aligerar todos los procesos para llegar antes a la meta y librarnos de esfuerzos y sacrificios, por livianos que sean. Es cierto que el progreso de la humanidad se mide en buena parte por las conquistas tecnológicas que han hecho la vida más fácil al emanciparla de cargas y tormentos. Pero en nombre de la humanidad mejorada, la optimización de resultados, el ahorro de tiempo, la eliminación de barreras y la eficiencia doméstica se ha establecido una especie de culto a los atajos que amenaza con incapacitarnos para tareas que antes eran comunes. La IA nos ofrece al instante resultados y soluciones que requerían una lenta maduración. Alcanzar el ideal de delgadez ya no pasa por el duro trámite de la dieta gracias a la llegada de la semaglutida y sus derivados.
Nuestra agenda mental ha delegado sus funciones en la memoria del móvil. Ir de tiendas es una extravagancia desde que la pantalla y los repartidores a domicilio nos acercan las compras a casa, y ya no hay necesidad de hacer la comida porque el mercado nos la sirve cocinada, envasada y lista para consumir. Disponemos de toda clase de atajos que acortan los trayectos para que sea cada vez más reducida la distancia entre la salida y la llegada, entre el deseo y el logro. Hasta hace algún tiempo, las excusas para abdicar de nuestras facultades y externalizar el trabajo poniéndolo en manos de aparatos, aplicaciones y servicios de última generación se resumían en dos: el derecho al confort y la liberación de cargas. Todo eran ventajas, eran bien recibidas en nombre de la calidad de vida. Hoy las ventajas se han convertido en valores y se diría que en deberes inexcusables. La felicidad está a un clic. Rápido, más rápido. Los atajos mandan. Lástima que al tomarlos vayamos perdiendo las capacidades de atención, concentración, orientación, espera, memoria, deleite, exploración, reflexión y satisfacción por la obra bien hecha. Pero que no cunda la alarma: más vale que los algoritmos han venido a reemplazarlas.
