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Correspondencia

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04.01.2026

Opinión

Pilar Ruiz Costa

Todas las mañanas, absolutamente todas, al volver a casa del colegio a mediodía, paraba en el bar s’Empeño y me iba directa a la mesa de la correspondencia. Por aquel entonces, en Eivissa -y en tantos otros lugares- los carteros no llegaban a las casas y aquellos locales multiusos -siempre alrededor de un bar donde acudían los hombres, y solo los hombres- eran colmados, boticas, tablón de anuncios; tenían un teléfono de monedas, un buzón y una mesa de Correos.

Cada mañana repasaba una a una las cartas del manojo, por si acaso alguna se hubiera traspapelado entre las del día anterior. Y allí estaban, entre extractos bancarios o facturas de la luz, aquellas cartas que mantenía con personas a las que nunca había conocido en persona.

Otra rareza de la época: las secciones de revistas donde se anunciaban quienes buscaban a alguien con quien mantener correspondencia.

Qué hermosa palabra, en realidad. Una carta sin respuesta puede ser importante, por supuesto, pero solo la salva del soliloquio, su antídoto: la correspondencia.

Imagino que el ocaso de s’Empeño lo provocó la llegada de los teléfonos y, finalmente, de los carteros........

© Diario de Mallorca