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Fomentar la comunicación en el hogar | Por: Antonio Pérez Esclarín

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         Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)

Es muy urgente y necesario que los padres fomenten la verdadera comunicación en los hogares. Esto implica invertir el tiempo necesario para conversar, escuchar a los hijos  e interesarse por sus cosas, alabarles lo que hacen bien, los esfuerzos, ensalzar sus cualidades. Hay que evitar las quejas, el pesimismo, el insistir siempre en lo negativo y cultivar un clima de optimismo, esperanza y alegría, relativizando los problemas, aprendiendo a verlos como oportunidades para crecer y madurar.  No olvidemos que el buen humor es fundamental en todo, pero especialmente  para estrechar los lazos familiares. Padres pesimistas, amargados, que se la pasan quejando y culpando siempre a otros, originarán hijos pesimistas,  tristes y miedosos.

Hoy, la verdadera comunicación exige un control adecuado de los aparatos tecnológicos que están acabando con la vida familiar. Si bien  son  evidentes los beneficios que nos ofrece un buen uso de las tecnologías que nos permiten comunicarnos sin importar la distancia, informarnos y formarnos, debemos evitar esclavizarnos a ellas y cuidar que los hijos  los utilicen mal e incluso se vuelvan adictos.

Michel Desmurget, doctor en Neurociencia y director de investigación del Instituto Nacional de Salud de Francia, publicó un libro con un título desgarrador, La fábrica de cretinos digitales, en el que alerta sobre los peligros del abuso de los dispositivos  digitales. Según el autor, el uso de la tecnología, lejos de ayudar al desarrollo de los niños y estudiantes, produce graves complicaciones: sobre el cuerpo (obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida), sobre las emociones (agresividad, depresión, comportamientos de riesgo) y sobre el desarrollo intelectual (concentración, memoria y empobrecimiento del lenguaje).  Esto es tan cierto que  hay que reescribir los cuentos infantiles para que los niños  los entiendan pues tienen un vocabulario muy reducido y no soportan frases y párrafos largos.

Más recientemente, el reputado psicólogo social, Jonathan Haidt, en un reciente libro, La generación ansiosa, se ocupa de la emergencia de salud pública que afecta a los adolescentes. La generación que llegó a la pubertad alrededor de 2009 desarrolló su autopercepción en el marco de cambios tecnológicos y culturales profundos, como el uso extendido de los smartphones y de unas redes sociales adictivas. Como consecuencia de ello, les ha tocado crecer en una especie de mundo virtual sin interacciones con personas de carne y hueso; y mientras los adultos comenzaron a sobreproteger a esos niños en la vida real, los dejaron involuntariamente desamparados en el brutal universo online.

Disney lanzó el programa “Baby Einstein” unos vídeos  para bebés que  publicitaban como educativos. Pero se demostró que los niños  que los veían tenían problemas de lenguaje. Un grupo de padres amenazó con ir a juicio y, antes de que eso ocurriera, Disney decidió pagar mucho dinero y retirar la palabra educativo. Un estudio en Francia mostró que las familias que protegen a sus hijos del abuso de las pantallas obtienen mejores resultados académicos. E incluso Addares Schleicher, coordinador del informe PISA sobre la calidad educativa, advirtió sobre  el uso de los aparatos digitales en las escuelas y decía que “en realidad empeoran las cosas”.

¿Será por eso que la mayoría de los dirigentes de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios sin computadoras y tampoco les permiten en la casa usar el Ipod y otros  dispositivos digitales?  Un alto ejecutivo de Google reconoció que sus hijos no utilizaban pantallas, y el exdirector de la revista Wired,  la biblia de las nuevas tecnologías, admitió que a sus cinco hijos les restringía su uso, porque conocía sus efectos. En Taiwan consideran que es  maltrato permitir que los menores pasen mucho tiempo delante de una pantalla y en China una ley  prohíbe que los niños jueguen videojuegos más de 90 minutos al día y nunca entre las diez de la noche y las ocho de la mañana.

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Desmurget  sostiene que las pantallas están  creando, además de cretinos, adictos. En una  entrevista que publicó el periódico español (El Mundo, 13 de marzo de 2024 ),  señala la  cantidad de horas dedicadas a las pantallas: “En los países occidentales los niños menores de dos años pasan diariamente casi tres horas delante de una pantalla; entre los ocho y los 12 años están casi cinco horas;  de los 13 a los 18 años su consumo roza las siete horas diarias…Si sumamos el tiempo que un joven pasa entre los dos y los 18 años delante de una pantalla equivale a 30 años escolares, a más de 15 años de empleo a jornada laboral completa… Y eso sólo si medimos el uso de pantallas por motivos recreativos y dejamos fuera el tiempo que las utilizan en el colegio o para hacer tareas.

Desnurget  asegura que las pantallas van a ser  el próximo gran problema de salud pública, pero duda que se tome en serio porque “hay mucho dinero por medio”. Sus recomendaciones son: Antes de los 6 años,  cero pantallas pues a esa edad son muy severos los impactos. A partir de los 6 años, si los contenidos son  adecuados y se respeta el sueño, media hora al día, nunca en la noche o antes de ir al colegio. En esto coincide con J.Haidt, autor ya citado, considerado uno de los principales activistas mundiales de la desconexión digital de menores y adolescentes. Ha  presentado evidencias muy sólidas sobre los daños que tabletas, teléfonos móviles y redes sociales están provocando en menores y adolescentes. Sus propuestas son cuatro: nada de pantallas táctiles hasta los 14 años; nada de redes sociales hasta los 16; todas las escuelas sin teléfonos móviles y más juego libre.  A ellas podríamos añadir una quinta propuesta: organizarse con. otros padres.

Si bien sería absurdo ir contra  las tecnologías que, bien usadas, son medios de aprendizaje, comunicación  y formación extraordinarios, estas advertencias nos deberían   ayudar a desmitificar la educación virtual y fortalecer  la educación presencial que es  más idónea para socializar y formar.

Por ello, hoy necesitamos  aprender y enseñar a desconectarnos  para poder encontrarnos con nosotros mismos, cultivar  nuestra interioridad y fomentar la comunicación y la convivencia.. Esto supone  recuperar el valor del silencio y la meditación, tan  fundamentales para llevar una vida con sentido, para reencontrarnos con Dios  y convivir de un modo armónico con los demás y con la naturaleza, que está llena de palabras de amor. Silencio fecundo para rechazar las palabras hirientes, falsas,  construir palabras sinceras,  amorosas, y abrir  nuestros espíritus  a  la compasión,  la amistad y la solidaridad.

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