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El saqueo

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Todas las temporadas se viraliza a escala nacional alguna clavada monumental en Ibiza, que acaba contribuyendo a este desprestigio que se acrecienta temporada tras temporada. El primer sablazo del año ha sido un gin-tonic en un famoso establecimiento de ses Variades, que al incauto de turno le salió por 21 euros. La víctima, tal vez para sentirse un poco menos estafada, compartió el ticket en las redes sociales asegurando que se «pagan las vistas».

Es sólo un ejemplo más de entre tantos en los que el turista se marcha con la sensación de haber sido objeto de la más virulenta rapiña. Lo demuestran esas breves entrevistas que en verano se hacen en el aeropuerto a quienes se marchan tras las vacaciones. Siempre afirman, casi sin excepción, que lo peor de Ibiza es precisamente esta sensación de saqueo permanente, que acaba inflando el presupuesto vacacional y generando una sensación de inquietud cada vez que se pide la cuenta en un bar o un restaurante. No menciono a los hoteles, que en buena parte aplican idénticas estrategias tarifarias, porque el cliente paga por adelantado o, al menos, tiene constancia previa del precio.

Dicho saqueo comenzó aplicándose exclusivamente al turista y hubo un tiempo en que en los establecimientos más exclusivos de la isla incluso se aplicaban tarifas especiales a los residentes, quizás por vergüenza de sus propietarios. Por ejemplo, en algunas discotecas, pioneras en la práctica de esquilmar al cliente, los ibicencos estaban exentos de abonar la entrada y a menudo les hacían descuentos en las consumiciones. Y en determinados restaurantes se seguían patrones similares. Hoy, ya somos tantos en la isla, que hemos dejado de conocernos unos a otros y, por tanto, la diferenciación del cliente resulta impracticable.

Ses Variades. / PAU FERRAGUT

Como resultado, los ibicencos, si queremos disfrutar de los mismos lugares que los turistas, somos igualmente desvalijados, así que el saqueo es de doble vía: al residente y al turista. El ejemplo más dramático al respecto es la cuestión de la vivienda. El oriundo puede evitar ser estafado en determinados bares y restaurantes, ya que todos sabemos dónde podemos y no podemos ir, en función de nuestra economía. Sin embargo, necesitamos un techo bajo el que vivir y ahora mismo acceder a una vivienda, ya sea en régimen de alquiler o adquiriéndola, resulta inviable para muchas familias. Antes de marcharse a otra parte, se acaba transigiendo en el precio y renunciando a una parte sustancial de la calidad de vida. Como resultado de este descontrol, la isla se ha llenado de buitres que acumulan los derechos de docenas viviendas para especular con ellas, sumándose a los que ya había entre nosotros y, como resultado, cada vez son más los que deciden emigrar, rompiéndose familias, círculos de amigos y equipos profesionales en las empresas y administraciones.

Los desequilibrios son tan dramáticos que cada año vemos crecer un fenómeno impensable hace una década: el chabolismo urbano y periférico. Los empleados de temporada y los inmigrantes de la economía sumergida, que antes podían acceder a una vivienda porque los precios eran razonables, no encuentran otra alternativa.

Las clavadas parecen una anécdota pero cuando se extienden de forma generalizada, como ocurre en la isla, se acaba generando un efecto contagio de alza de los precios que inevitablemente se trasvasa a la población local. Cada vez pagamos más no sólo por la vivienda, sino por el café, la botella de agua, el gimnasio o el arreglo del coche. Vivimos en una espiral inflacionista, artificial en buena parte, que cada vez asfixia más a los ibicencos, incluidos aquellos que tienen un hogar en propiedad y no viven sometidos a la incertidumbre de ver aproximarse el final del contrato del alquiler.

En este contexto, que ahora el Consell Insular anuncie que tiene un plan para construir residencias para trabajadores de temporada, resulta ciertamente inquietante. Que hacen falta nadie lo cuestiona. Pero necesitamos saber con qué medios piensan erigirlas, porque los ibicencos ya estamos hartos de que se destine el dinero recaudado con nuestros impuestos a sufragar las crecientes necesidades de la industria turística, mientras los servicios sanitarios, educativos, de transporte, etcétera, empeoran año tras año como efecto colateral de este apetito insaciable por esquilmar al turista. Hasta llegan al extremo de dejarnos sin agua durante horas para que los hoteles llenen sus piscinas.

Vivimos en una economía de libre mercado que en Ibiza se ha llevado al máximo extremo, a pesar de los desequilibrios sociales que genera, tal y como ocurre en cualquier otra isla bananera, y, desde la política, nadie se ha atrevido a ponerle freno. Sin embargo y aunque sirva de poco, hay que insistir en pedir al empresariado un poco de contención y visión de futuro. Si seguimos por este camino, llegará un día en que el turista dejará de venir. Ya sea por hartazgo de que le tomen el pelo o por falta de personal que lo atienda.

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