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El Atlético Aviación

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Una de las grandes alegrías de mi vida la recibí el martes. Yo estaba viendo el partido Atlético-Barsa con la camiseta retro del Atlético Aviación. Y me alegré de cómo los fanfarrones del Barcelona caían en el Metropolitano. Para los catalanes todo lo suyo es lo mejor del mundo, desde Yamal hasta Pedri, que es de Tegueste y que está construyendo un hotel en el antiguo convento de verano de las monjas de la Asunción. Yo me alegro de los triunfos de Pedri, pero que no se contagie de la fanfarronería catalana, ni de la huida hacia delante de Laporta, el de los cortes de mangas. Ahora tengo dos preocupaciones con el fútbol. La primera es que pierda el Barcelona, juegue contra quien juegue; y la segunda es que gane el Real Madrid, que ahora no gana nunca. Pero ha llegado un momento en que el fútbol me pone muy nervioso y muchas veces opto por no ver los partidos, para que la emoción no me deteriore la válvula aórtica. Que, por cierto, me tiene que revisar, con una ecografía, o como se llame eso ahora, el doctor Enrique González. Mucha gente se queda tiesa en los campos de fútbol, yo espero no llegar a eso, entre otras cosas porque ya no frecuento los estadios, sino que tengo el campo en casa. Pero qué sería del mundo sin el fútbol y con Trump largando majaderías y los iraníes ejecutando en masa y sembrando de minas asesinas Ormuz. El fútbol es una válvula de escape, pero también una penitencia. Los culés se han ido al carrer en Champions, no terminan los catalanes la Sagrada Familia, pero el Camp Nou (antes Nou Camp, una estupidez) será el mayor estadio del mundo. Ahora me entero de que Illa quiere que en los entrenamientos del Barsa los jugadores hablen catalán con su entrenador, que es alemán. En catalán, que es un dialecto del valenciano.


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