Las lágrimas estructurales de Andalucía
En Historias del Buen Valle, José Luis Guerín nos muestra el barrio barcelonés de Vallbona con una paciencia que desactiva prejuicios y con una poética que aleja el pensamiento de tanto ruido social. La cámara se posa en conversaciones cotidianas, en senderos junto al río, en el ritmo lento de los huertos, en fachadas humildes, en celebraciones sencillas que sostienen la vida en común. Registra existencias que llegaron de lejos y que hoy apuntalan la ciudad. Vallbona, amenazada por la especulación, se presenta como un territorio de tránsito y arraigo donde conviven voces del Este, del Magreb o de Latinoamérica; no como anomalía, sino como secuela histórica. Antes que el árabe o el ruso, en Nou Barris –distrito al que pertenece Vallbona– resonaron acentos andaluces y extremeños. Han cambiado las músicas, pero la necesidad es la misma.
En 1965, se derribó en Barcelona un edificio de memoria incómoda; el Palacio de las Misiones. Nombre piadoso para una función nada evangélica, ya que durante los años cuarenta y cincuenta fue centro de confinamiento de emigrantes. Allí se hacinaba a gallegos, andaluces y extremeños que llegaban con una maleta de cartón y el hambre pegada a los huesos. Si no podían demostrar casa o trabajo, eran etiquetados como vagos o maleantes y devueltos a su tierra. No habían cometido delito alguno sino el de, al parecer, haber nacido en el lugar equivocado dentro del mismo país. El franquismo gestionaba la pobreza como quien clasifica mercancías. Aquel palacio era un CIE de la época, con acento sureño.
En el Palacio de las Misiones se hacinaba a gallegos, andaluces y extremeños. Si no podían demostrar casa o trabajo, eran etiquetados como vagos o maleantes y devueltos a su tierra
En el Palacio de las Misiones se hacinaba a gallegos, andaluces y extremeños. Si no podían demostrar casa o trabajo, eran etiquetados como vagos o maleantes y devueltos a su tierra
Aquellos emigrantes huían de una........
