Un Lula a la defensiva contra las fuerzas del trumpismo
[Originally published by North South Notes –version in English here]
El domingo 4 de octubre, los brasileños votarán para elegir presidente, miembros del Congreso, gobernadores, vicegobernadores y asambleas legislativas. Tres semanas después, es muy probable que vuelvan a las urnas en una segunda vuelta para elegir entre Luiz Inácio Lula da Silva o a Flávio Bolsonaro. Brasil es el país más grande de América Latina y le toca renovar sus instituciones en un momento de caos mundial, de “giro a la derecha” en toda la región y de descarada intervención extranjera procedente del Norte.
La contienda no ha despertado gran atención debido a las diversas crisis que afectan al resto del mundo, y ni siquiera en Brasil el ambiente es comparable al de 2022 o 2018. Sin embargo, estas elecciones tienen gran trascendencia.
Para explicar su importancia, recurrimos a un filósofo, una científica social, un periodista y una activista. Son cuatro de las voces más elocuentes del país.
Crisis sin resolver / Rodrigo Nunes
En la primera vuelta se decidirá mucho. La derecha se perfila para ganar estados clave, y el Congreso brasileño –considerado ya el “más derechista de la historia”– podría ser reemplazado por uno aún más conservador. En ese caso, la presidencia sería el último bastión en manos de Lula y el Partido de los Trabajadores (PT). Aunque el actual presidente ha liderado la mayoría de las encuestas, el simple hecho de que una figura de su talla histórica corra el riesgo de perder frente a alguien con tan pocas credenciales como Flávio Bolsonaro da cuenta de la difícil situación que atraviesa la izquierda.
El tercer mandato presidencial de Lula no ha tenido el brillo que caracterizó a sus gobiernos entre 2003 y 2010
El tercer mandato presidencial de Lula no ha tenido el brillo que caracterizó a sus gobiernos entre 2003 y 2010
El contexto actual refleja algunas de las deficiencias del tercer mandato presidencial de Lula, que no ha tenido el brillo que caracterizó a sus gobiernos entre 2003 y 2010. A diferencia de aquellos –que lograron sacar a unos 20 millones de personas de la pobreza y ampliaron drásticamente el acceso a la educación superior–, su regreso a Brasilia en 2023 no ha traído consigo grandes logros de los que presumir ni una narrativa coherente sobre su propia gestión. Su logro más destacado –una reforma que hizo el sistema fiscal más justo para los sectores más vulnerables– difícilmente despierta pasiones; además, la mejora de las condiciones económicas no se ha traducido en un cambio tangible para muchas personas que siguen lidiando con el subempleo, el endeudamiento privado y una epidemia de apuestas en línea. (El mes pasado, Lula promulgó una ley que prohibía los sitios web de apuestas en Brasil, una medida popular que la oposición criticó por considerarla motivada por intereses electorales).
Sin embargo, es evidente que las debilidades de este gobierno no bastan para explicar el atractivo persistente del bolsonarismo. En mi trabajo, sostengo que el bolsonarismo se comprende mejor como la convergencia de tendencias que ya estaban muy extendidas entre las distintas clases sociales de Brasil: el deseo de militarizar el conflicto social, el conservadurismo social, el espíritu empresarial neoliberal, el anticomunismo y una preocupación –en cierto modo selectiva– por la corrupción, entre otros factores. Aunque estas corrientes venían convergiendo desde la campaña de 2015 para destituir a la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, fue la candidatura presidencial de Jair Bolsonaro en 2018 la que dotó a estas tendencias de un liderazgo político y una identidad común. Como resultado, el expresidente sigue siendo el principal gestor de este capital político; sin embargo, el bolsonarismo bien podría sobrevivir sin él.
Una forma de entender la alianza de clases que se ha consolidado en torno a este proyecto es concebirla como el encuentro entre quienes han renunciado a esperar que se cumplan las promesas de modernización y aquellos que han dejado de fingir que las promesas que hicieron eran reales. Por un lado, están los que hacen malabarismos con varios empleos, trabajan en la economía sumergida o en la economía de plataformas, y lidian con la recesión económica posterior a 2015, los servicios públicos saturados y unas instituciones que no rinden cuentas. A este grupo, el bolsonarismo le ofrece –si no ventajas materiales claras– la promesa de que, si no pueden contar con el Estado, este al menos dejará de interferir en sus vidas y les permitirá gestionar sus propios riesgos como mejor les parezca. El bolsonarismo también ofrece el ejercicio sin trabas del poco poder que poseen, por pequeño que sea el ámbito en el que se manifieste, aunque sea simplemente contando chistes sobre minorías.
A las élites brasileñas, en cambio –y particularmente........
