Un Caimán sin dientes
Nunca he identificado la muerte con el negro, tintura del manto de la parca, noche cerrada a la vida; sino con el blanco, lividez de los cadáveres, batas de hospitales para aguardar el último estertor. El primero es la unión de todos los colores; el segundo, la ausencia de ellos. Al final morir es eso: ausentarse de uno mismo.
Observaba al señor con sus manchas de vitíligo, grandes círculos de degradado, en la piel como si se borrara de a poco. Me hizo concebirlo aún más viejo de lo que aparenta ser. Tal vez por dicho motivo, al contemplarlo ahí, recostado a una pared en la vía más transitada de Matanzas, con las piernas recogidas sobre el pecho, como si se protegiera de todo y todos, me detuve para colocarle algún dinero en el pozuelo de plástico a su lado.
Un hombre sentado en la acera en Matanzas, Cuba. / G.C.
En mi recorrido por la Calle Medio había encontrado a varios ancianos en la misma situación: desparramados como montones de harapos en perchas de hombres, protegidos de la pulcra sociedad por una capa de mugre; algunos con sus porcelanas de San Lázaro y ambos, los viejos y la estatua, con sus llagas supurantes y un perro sato a los pies; otros con estampillas de la Virgen de la Caridad, patrona de los cubanos, incluso de ellos, sobre los muslos.
Parecían maltrechos, guiñapos de sí mismos, monigotes de la miseria, último escalón evolutivo antes de la completa desaparición de la humanidad y la fe en la humanidad. Demasiados ancianos –los abandonados, los solitarios e, incluso, esos cuya familia no puede ocuparse– enfrentan condiciones muy complejas.
A las propias vulnerabilidades físicas de la tercera edad, se suma la crisis económica, provocada en gran parte por el cerco estadounidense y el resquebrajamiento de las políticas de ayuda del gobierno local. No obstante, en este conjunto, los más jodidos resultan aquellos a quienes no les queda más remedio que vender su hambre para mendigar unos quilos, alimentarse de migajas como las palomas de la plaza y dormir en los colchones de concreto de los portales y parques.
El señor de las marcas blancas de la inexistencia, sin separar las rodillas de su esternón, me observa como un animalillo agradecido, mientras abría la cartera. Andaba con poco efectivo. Agarré cinco o seis billetes, todos de 10. En el papel moneda está la representación de Máximo Gómez, un héroe de las guerras de independencia. Luce augusto con su bigote de brocha, sus espejuelos redondos y una calvicie a medias, cabello abundante pero que nace mucho más allá del final de la frente. Está regio como quien sabe cargar los años con dignidad.
Lo comparé con ese ser........
