Supremacismo aymara
Hay una frase que Bolivia debería empezar a repetir sin anestesia, sin romanticismo revolucionario y sin esos matices cobardes que siempre aparecen cuando el muerto lo pone otro: los bloqueos también matan. No “incomodan”, no “presionan”, no “expresan el malestar popular”. Matan.
Matan cuando una ambulancia no pasa. Matan cuando el oxígeno no llega. Matan cuando una persona enferma queda atrapada detrás de una barricada levantada por dirigentes que se atribuyen el derecho de decidir quién circula, quién se alimenta y quién llega vivo al hospital.
Después de más de un mes de bloqueos, ya se cuentan trece fallecidos vinculados al conflicto. Trece personas que necesitaban atención médica, traslado, medicamentos o simplemente una carretera abierta. No pudieron acceder a ello porque alguien decidió que su protesta valía más que la vida ajena.
Ahí debería terminar cualquier discusión. Pero en Bolivia siempre aparece alguien dispuesto a justificar lo injustificable. Algunos opinadores afirman que esta crisis debería servir para que las ciudades “aprendan” a valorar a los campesinos, porque gracias a ellos nos alimentamos. La frase suena profunda hasta que uno la examina durante treinta segundos.
Nadie le regala nada a nadie. Los productores venden, los consumidores compran. Es un intercambio económico, no una obra........
