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¿Fe transformadora o tradición de fachada?

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Durante la conmemoración de la Semana Santa, el eco de las campanas y el aroma a incienso de nuestros emblemáticos templos coloniales nos sumergen en una de las tradiciones más arraigadas de la ciudad, cuya identidad aún se muestra como mayoritariamente católica. Sin embargo, tras el paso del solemne fervor de las procesiones, rezos comunitarios  y costumbres culinarias de temporada, surge una pregunta obligada: ¿Qué queda de esta conmemoración al volver a nuestra rutina diaria?

Es muy humano conmoverse frente a una imagen en la Catedral o el mensaje del pastor, pero el verdadero desafío espiritual no ocurre en el templo o la capilla, sino el lunes por la mañana,  cuando se tiene la extraña sensación de haber transitado entre dos realidades diferentes: por un lado, la profunda reflexión devocional o personal y, por otro, el retorno a la vida cotidiana.  Y es que a veces la vocación cristiana se siente como un traje de gala, que nos gusta lucir únicamente en fechas especiales.

Considerando que nuestra fe es como una práctica herramienta, de nada sirve tenerla guardada en una caja o vitrina, si no la utilizamos para construir algo bueno. Por ello nuestra fe se pone a prueba después de salir del templo, lejos de los ritos de adoración o cuando nuestra biblia está cerrada, manifestándose en nuestra vida cotidiana, en la forma en que tratamos a los demás,  en el respeto al que piensa distinto, en la honestidad al cobrar un servicio, en la preocupación genuina por el sufrimiento del prójimo o en algo tan simple como nuestra actitud durante un mal día.

Si nuestra espiritualidad está presente solo durante el feriado o celebración religiosa, ignoramos la importancia de ser personas íntegras, perdiendo la oportunidad de transformar nuestra realidad. Y es que la integridad no es una palabra compleja, es simplemente ser la misma persona en todas partes.  

Por tanto, ser íntegro o íntegra significa que tus meditaciones y oraciones realizadas en la penumbra de una iglesia coincidan plenamente con lo que haces en la oficina, en tu barrio, con tus amigos o con tu familia.

En un mundo que nos pide aparentar para encajar, hoy más que nunca debemos ser auténticos.  Nuestras convicciones más profundas deben guiar cada decisión, convirtiéndonos en personas confiables en quienes los demás puedan apoyarse.

Siempre nos hemos quejado de nuestra falta de valores, pero la solución no vendrá de rezos extensos, cánticos de adoración o emotivos discursos desde los altares, sino de cómo todo esto se refleja en tus acciones y en las mías, más allá de la prédica. Por tanto, predicar con el ejemplo tiene el poder de inspirar a otros a hacer lo mismo, creando una cadena de confianza que tanta falta nos hace en Sucre.

El desafío de las conmemoraciones religiosas como Navidad, Semana Santa o Corpus Christi, entre otras, radica en ser capaces de mantener encendida la luz de nuestra integridad, cuando la del fervor festivo baje. Pues la resurrección de los valores no es una historia antigua, ni algo que recordamos algunas veces al año; es, sin lugar a dudas, una tarea de todos los días, que se nota en nuestra valentía para elegir la verdad, aunque sea difícil y estar al servicio del prójimo, aunque nadie nos dé las gracias.


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