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Nace un nuevo orden energético: así impacta ya la guerra de Irán

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28.03.2026

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Donald Trump vaticinó al comenzar los bombardeos sobre Irán que la guerra duraría cuatro o cinco semanas, un plazo que aún no se ha consumado. Las casas de análisis en sus diversos escenarios también tenían como pronóstico central esa duración por diferentes factores: desde el aburrimiento del presidente de EE UU, a la capacidad limitada de las lanzaderas de misiles iraníes. El elemento de presión económica contaba en los cálculos, pero la estrategia iraní de bombardear instalaciones causando daños reversibles en años ha logrado que el coste sea determinante y un acelerador del fin de la guerra.

La desconfianza sobre la seguridad de paso por el Estrecho de Ormuz es una incertidumbre que no se disipará ni siquiera en unos meses y se convertirá en un nuevo peaje a pagar. A este sobrecoste habrá que sumar el daño infringido sobre las instalaciones gaseras de Qatar, que quitará una quinta parte del Gas Natural Licuado de circulación en el mundo por entre tres y cinco años. Esto afectará también a la producción de fertilizantes, que dependen en gran medida del gas para su fabricación, con efectos persistentes en la cadena de suministro alimentaria. No solo de subida de precios, también de peores cosechas.

Reducir la capacidad de los otrora aliados del Golfo para producir el mismo nivel de energía que antes de la guerra provocará una carestía, con la que el mundo lidiará de diferentes formas pero todas cambiarán el status quo anterior al conflicto. Los expertos creen que no se trata simplemente de otro ciclo más, sino de un cambio estructural en el futuro de la energía.

En un interesante informe de Carlyle titulado “No puedes imprimir moléculas” en referencia a que los activos reales no se pueden fabricar como se fabrica el dinero en una crisis, los economistas Jeff Currie y James Gutman dibujan el escenario del día después de que se acabe la guerra. El estrecho se reabrirá “de forma intermitente, a un ritmo indeterminado, con un volumen desconocido y, en gran medida, a discreción de Irán”.

Para los autores, esto llevará a tres consecuencias estructurales:

El precio de la energía segura será más alto.

Se acelerará el impulso hacia sistemas energéticos localizados, diversificados y redundantes -con duplicidad de fuentes-.

El sistema de alianzas se reorganizará más rápido y de forma menos predecible de lo que se esperaba

El shock de oferta inducido por la guerra, esto es, recortar la cantidad de energía disponible en el mundo, subirá los precios del gas y sus derivados por un tiempo largo y hará muy difícil para algunos países cubrir sus necesidades actuales. ¿Qué harán estos consumidores de gas? Buscar alternativas, o bien limitando la cantidad de gas que gastan directa o indirectamente, o bien mediante nuevos recursos que sustituyan al gas en el mix energético. En ambos escenarios lo que se da es una destrucción de la demanda. Una reacción no tan fácil de ver en el mundo económico. Cuando la destrucción de la demanda es obligada, como este caso, y repentina por la incapacidad de seguir consumiendo lo mismo es muy dolorosa, como dejar de fumar. Pero abre la posibilidad de mejorar la dieta energética global hacia una con menos combustibles fósiles. En algunos casos, también llevará a volver a recurrir al carbón.

“Las crisis de los precios de la energía suelen provocar tanto cambios de comportamiento a corto plazo como transformaciones estructurales a más largo plazo”, explica el catedrático de Política Energética y Climática y director del Programa de Energía de la Universidad de Oxford, Jan Rosenow. El experto recuerda que las crisis del petróleo de la década de 1970 y la invasión de Ucrania de 2022 provocaron una destrucción de la demanda a corto plazo,como resultado de políticas gubernamentales (por ejemplo, exigir a las tiendas que limiten el uso del aire acondicionado) o de cambios de comportamiento en respuesta a las subidas de precios (bajar la calefacción).

“A largo plazo, hemos asistido a la aceleración de programas de aislamiento, al cambio de combustibles y a la implantación de normas de eficiencia que han reducido la demanda de forma permanente. Es posible que veamos algo similar en este caso, especialmente en países que ya estaban considerando alternativas al GNL”, pronostica Rosenow.

Poniendo la vista solo en la caída de suministro desde Qatar, el profesor pronostica una aceleración en la implantación de bombas de calor —contenida en el reciente RDL aprobado por el Gobierno de España—, medidas de eficiencia energética e incremento de la producción de energías renovables en los países importadores, especialmente en Europa y en algunas zonas de Asia. “La cuestión clave es si los gobiernos aprovecharán este momento para invertir en alternativas o si se limitarán a esperar a que........

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