Finados e ilustres grancanarios
Juan José Laforet
Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria
31/10/2026 Actualizado a las 05:50h.Llega un año más «como toda la vida» -me dirá más de uno, como si esto fuera una novedad-, el «día de difuntos», y con ... él «los finados», esa celebración en la «noche de difuntos» entre el día uno y dos de noviembre, que Orlando García Ramos, en su obra Voces y frases de las Islas Canarias (1991) recuerda como «velorio de finados», en el que «antiguamente se velaba toda la noche haciendo cuentos y chascarrillos, bebiendo vino y comiendo castañas, nueces y dulces», y que Domingo J. Navarro, que conoció esta costumbre en su pleno apogeo, en el siglo XIX, la señalaba, en sus Recuerdos de un Noventón (1895) como la «última fiesta del año», quizá por considerar la Navidad como preámbulo y comienzo de un nuevo año, señalando ambas celebraciones los dos grandes polos de la existencia, la vida y la muerte.
Pero, «o tempora, o mores», que exclamara Marco Tulio Cicerón en su primera Catilinaria, ante la pérdida de valores morales de Roma, toda sociedad, toda comunidad, para lo bueno y para lo malo, es hija de su tiempo, de su devenir y de las influencias que planean sobre ella, y lo que no se adapta desaparece, pues, como sugería Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su célebre novela El Gatopardo (1958), «es necesario que todo cambie si queremos que todo siga igual», por lo que parece estéril y vana toda disensión acerca de las celebraciones que se dan, y conviven en la actualidad en Gran Canaria en las vísperas del «Día de Difuntos» y a propósito del mismo, aunque algunas de las celebraciones, con más tono de festejo que de «velorio», parecen olvidar la esencia de la festividad que no ha sido otra, desde la noche de los tiempos de la humanidad, que la de «celebrar los muertos» -como se decía por aquí-, que asume la antiquísima costumbre y cultura de un determinado «culto de la muerte», pues la muerte fue, desde las sociedades más primigenias, un hecho fundamental y la mayoría de las culturas le atribuyeron una relevancia muy elocuente, una significación que incidió en su evolución sociocultural. Y es que, como ha señalado Pablo Cerezal (2025), «el respeto hacia los fallecidos y el ánimo de honrar su memoria está presente en la raza humana desde la Antigüedad».
Ahora, cuando muchas de las celebraciones actuales, que se amoldan al carácter, al ser y sentir de la sociedad actual, acomodándose entre usos globalizados y visiones más festivas de la realidad, y quizá, como propone Alfonso M. Di Nola en su obra La Negra Señora. Antropología de la muerte y el luto (1995), porque «normalmente vivimos como si nunca hubiéramos de morir, realizando el proceso psíquico que Freud llamó «negación». Solamente nos percatamos de la........
