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El viaje absurdo del escritor a Vicuña años ha

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28.01.2026

Lo bueno es que seguíamos pensando que todo formaba parte del paseo para no flaquear, que todas estas dificultades eran el paseo.

Llegamos a Vicuña a las doce de la noche de un viernes buscando alojamiento. En la plaza cantaba -oh, sorpresa- la gran Cecilia “Baciami con passione, prendimi, stringimi con ardore”, en la pista de la Gigliola Cinquetti. Lleno total, parejas enlazadas, tarareando, zangoloteo.

En el escenario más que discreto la estrella seguía brillando cuando la suponía extinguida. “¡Esta es mi gente!”, “¡Vamos Vicuña”!, intercalaba la cantante entre cables y pasitos cortos por si desinteresaba el romance en italiano. Churros, “Palomitas del valle”, pistolas láser chinas, pelotas de fútbol, corazones irrigados hasta con helio por si ocurría un fallo (el bobo Día de los Enamorados del que recién me daba cuenta), helados artesanales en cono y paleta, burbujas de agua y jabón que no hay cómo esquivar, pulseras fluorescentes, y toda clase de chucherías que entraran al bolsillo o pudieran manosear los niños, se voceaban junto a las canciones y al esfuerzo de la diva por sacar la voz.

Había que alimentarse, morder algo. Con Alejandra y Vincenzo (muy pequeño) entramos por la puerta ya sólo entreabierta del Halley hacia el comedor lateral de costumbre, donde por el gran espejo encaramado a la pared se podía ver una época ya de álbum de fotos. Carnes, ensaladas y papas fritas para reponernos. Al mozo casi le pido un cancionero para disolver mi actitud reacia a integrarme al tarareo generalizado.

De Santiago habíamos........

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